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domingo, 5 de agosto de 2018

El síndrome de Anna Karenina

El síndrome de Anna Karenina

No hay edad para sufrir con una pasión amorosa. Lo negativo es vivir su dimensión enajenante. Este estado pasajero puede empañar la vida si se convierte en una búsqueda obsesiva


La recién y sorprendente versión cinematográfica de la novela de León Tolstói, Anna Karenina, se convierte en una buena excusa para mirar con ojos de hoy lo que conocemos como pasión amorosa. Más allá de la experiencia del enamoramiento existe una dimensión enajenante por su intensidad y descontrol que suele caracterizarse por una exaltación de todos los sentidos, una necesidad de fusión afectiva y un estado de dependencia de esos corazones apasionados. Viven en un sinvivir porque nada tiene sentido, nada existe y nada puede soportarse si no permanecen juntos. Están “pillados” el uno con el otro. Más que una alegría es un sufrimiento por ausencia o por suponer un trágico abandono. Como Romeo y Julieta, la vida no vale si no pueden amarse.

El amor es deseo, y el deseo es falta” Sócrates

Aunque para el estudio del comportamiento humano dichos síntomas se consideren un trastorno afectivo obsesivo, para la mayoría de las personas los “tórtolos” se encuentran tocados por un estado de gracia. Cupido, que, por cierto, según la leyenda, fue un niño abandonado, parece vengarse a costa de clavar sus flechas envenenadas de pasión a dos seres humanos, sin importar la edad, raza o condición, ya que se trata de juntar lo que en otras circunstancias sería extraño o imposible. Todo ello lo supo retratar Tolstói, en un perfecto ejercicio de definición de constructos psicológicos como la culpa, la redención, la búsqueda del bien y la caída en el pecado, el rechazo social y unos personajes que rondan el arquetipo.

Aunque a muchas personas les gustaría que la pasión durara toda la vida, lo cierto es que la asiduidad, la convivencia y las tareas domésticas acaban por matar ese deseo que se convierte en angustia cuando no puede ser poseído. Nada asesina tanto el deseo como su consumación. La ilusión queda desvelada cuando se descubre que, en efecto, no solo se puede vivir sin el otro, sino, incluso, mejor. Entonces, el amor debe de ser algo más misterioso que la pasión cuando se prefiere permanecer al lado de alguien.

Los estadios de la pasión

Los fenómenos pasionales que sufrió Anna Karenina son reconocibles en el estado agudo de enamoramiento: Una enorme atracción (necesidad afectiva). Identificación mágica con el otro (idealización). Fusión (sentimiento de reciprocidad). Proyección (verse a uno mismo en el otro). Exclusividad (fidelidad sexual). Atención concentrada. Magnificación del otro. Pensamiento obsesivo. Energía intensa, tanto emocional como sexual. Una capacidad empática desbordante.

No obstante, el amor apasionado se añora. Quien lo ha vivido quisiera repetir, al menos una vez más. Quisiera sentir la exaltación de los sentidos, la sensación de encontrar la media naranja, de completarse junto a alguien especial, de realizar por fin la ilusión de la relación perfecta. Todo amor es de ausencia o de trascendencia, proclamaba Platón. Esa idea instalada en la mente de tantas personas conlleva una búsqueda obsesiva que se traduce en montones de intentos frustrados por culpa de no acabar de encontrar esa persona “especial”. Viven de la falta porque se acostumbraron a ella. Por el camino dejaron un reguero de opciones reales que menospreciaron porque a todas les faltaba algo. No sintieron la pasión deseada en su imaginario. Así descubrimos que la pasión, como el sexo, suele merodear más en la cabeza que en ninguna otra parte.

Actualmente es observable la dificultad de muchas personas para emparejarse. Es algo más que una moda pasajera. Es la certificación de que nuestras vidas afectivas no superan la prueba de la intimidad. Un buen medidor para observar la realización personal de una persona es la profundidad de las relaciones y contactos íntimos que mantiene, los sentimientos que se permite experimentar y la disposición a dar y recibir, a la reciprocidad. Tal proceso se enturbia muchas veces cuando aparece el síndrome de Anna Karenina.

Anna Karenina, mujer enérgica y honrada, queda prendada del caballero y militar Vronsky hasta romper con las costuras de su propia condición de mujer casada, en una sociedad aristocrática rusa decadente, falta de valores y preñada de hipocresía. La protagonista es capaz de trascender su propia historia, las costumbres sociales, un marido de alta alcurnia e, incluso, en el más doloroso de los casos, a su propio hijo. Todo por ese enamoramiento.

El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza” José Ortega y Gasset

No obstante, su incondicional entrega se corresponde a medias con la de su amado. Aunque al principio Vronsky se desboca por lograr su apreciado trofeo, luego caerá en lo que Schopenhauer advirtió: el aburrimiento. Allí donde ella empuja, él solo frena. Allí donde nació la pasión, ahora pervive la frustración. Se hizo realidad la visión de que en-amor-miento, es decir, que los estados afectivos alterados filtran una manera de ver el mundo errónea. Fiarse solo de los sentidos conlleva después el doloroso ejercicio de abrir los ojos y no reconocerse. ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo se puede estar tan ciego?

No sería justo culpar a la desairada Karenina, puesto que puso toda la carne en el asador. Se entregó. Se rindió a la pasión y quiso creer que su altivo caballero la seguiría al fin del mundo. El delito de Anna, su único y gran error, fue su inmediatez, dejarse llevar por sus sentimientos sin tener en cuenta los de los demás. Con algo más de paciencia, con algo más de cordura y con los ojos bien abiertos se hubiera dado cuenta de la inconsistencia de su amado. Pero eso es lo que ocurre cuando solo hay pasión: mucha intimidad y muchas hormonas, sin tiempo de que crezca una verdadera raíz fruto del vínculo.

Anna Karenina se condenó por su empeño en querer a quien no la podía querer. Ese es su síndrome, el que sufren los que aman ciegamente, es decir, sin darse la oportunidad de encontrarse con el otro. Aman una idea y aman sus propias sensaciones. Pero no se dan cuenta de quién tienen delante, porque solo pueden ver su propio reflejo, como Narciso. Embriagados por la euforia confunden el amor a sí mismos con el amar.

Lev Nicoláievich Tolstói jugó en su novela una carta extraordinaria. Compaginó la historia de Anna Karenina con la de Levin y Kitty. Él, un joven campesino, sencillo y poco hábil en el arte de la seducción. Ella, una princesita aristocrática enamorada y despreciada por el mismo hombre que su rival Karenina. Superadas sus adolescentes expectativas, al final decide darle una oportunidad a Levin. Se van conociendo. El vínculo se fortalece hasta el compromiso. Una vez juntos, Kitty se traslada a la casa parental de Levin en la que da muestras de una actitud madura, sensible e, incluso, compasiva al cuidar a su suegro enfermo. Es otro tipo de entrega. Más que una pasión de los sentidos es una calidez interior. Más que grandes e intensas emociones, son pequeños gestos cargados de amor profundo.

El deseo es potencia; el amor, alegría” Spinoza

Dos en amor. Dos corazones que viven en la alegría de estar juntos. No hacen falta grandes exaltaciones, aunque bienvenidas si las hubiere. Muchas personas hoy hablan de sus relaciones sin nombrar la palabra enamoramiento. Se han conocido, se han gustado y han decidido emprender un camino o un proyecto en común. Vivir exaltadas, descontroladas, con necesidades fusionales propias de una niñez que no se ha actualizado no cabe ante un compromiso estable y duradero. No nos juntamos con otra persona para que siga siendo nuestro padre o nuestra madre, para que llene todas nuestras expectativas o se someta a todos nuestros caprichos.

Dos se juntan, pero no se mezclan. Dos se juntan, aunque forman una trinidad: tú, yo, y tú y yo. Dos en amor es para gozar, procurarse felicidad y cuidarse mutuamente. Sin dejar de ser ellos mismos. Es una experiencia única que permite un conocimiento profundo de uno mismo, a la vez que lo extirpa de su tendencia egocéntrica. Justamente lo que le faltó a Karenina. Solo se escuchó a sí misma. Quiso ver en su amado su propia pasión y quiso eternizarla. El amor auténtico, el amor duro, no se robustece de sensiblerías, sino de la alegría de saber que podemos contar con el otro, pase lo que pase. Es el amor de la reciprocidad, de la amistad y del ágape, de la ternura y de la compasión.


sábado, 25 de octubre de 2014

Seis meses


Sobre el pasillo hojas crujían envueltas en la sombra, no tenía idean de cómo llegaron. El viento que rechifla deslizándose por la pared del edificio era una buena hipótesis. Una puerta, diecisiete escalones nivel por nivel, una puerta, una puerta, el tungsteno de la ciudad se cuela por la pared donde se desliza el viento y penumbra. El cielo de Monet sobre la avenida, sobre la fuente de La Normal. Smog, ruido y pesado aliento de ciudad en las misteriosas viviendas del centro de Guadalajara.

De pequeño siempre creí que al centro sólo se venía cada mañana del 16 de septiembre, a las compras de la Parisina, para huir de los portales al insoportable olor de las donas en aceite de coco, para estar en el regazo de mi madre que me llevaba a comer al desaparecido Mercado Corona o para ir a la lucha libre en las cercanías de Obregón. Por su puesto, pensaba que nadie vivía en el centro y todos los camiones no iban a él sino para regresar a la periferia. El adoquín rojizo y blanquecino sirve también de suelo para quien compra la merienda de quien amanece en el viejo centro.  Ahora lo sé.

Vivir sin la familia y la triste distancia de quienes, sin serlo, te dicen papá. Supe valorarlos todavía más, a mi padre sobre todo quien para dirigirse a mí habla de usted cada vez que los visito, como si salirme de la casa le haya dolido en el orgullo. Dejé la casa, no el hogar. También mi padre tomó rumbo a esta ciudad de la pequeña porción de tierra purépecha donde creció sin más educación que la recibida en dieciocho años y con más sabiduría de los trabajos con mi abuelo en las casonas de adobe y tejas, en la experiencia de la capitanía de puerto y en el pastoreo de vacas en el cerro a penas asomado el Sol, bebiendo agua del rocío en las plantas.

Despertar en el suelo sin tener alimentos, amagarse en mezclilla o en algodón y poliéster cuando hay junta o clases por la noche. Estrechar la mano de un presidente derrocado, un líder de partido, ex candidatos, directivos de Twitter. Bases de datos y códigos entre varianzas y tablas de contingencia, GPS y representatividad geográfica de la muestra, un amor e incontables horas en el computador, las reuniones, los galletas de la máquina y el café en INTEL, la vida tendida en una silla neumática, trabajar en la madrugada para los enlaces en China. Tamales en Circunvalación, dulces en la tienda de París, fruta picada de Lope de Vega, gorditas de chicharrón en Lerdo de Tejada, las ensaladas en Centro Magno y los pastes en Juárez.

Vivir en el centro y no pasear en él: las idas al Walmart en Patria o el Aurrerá de Chapultepec, el Soriana de Colón, 35 minutos caminando a la casa donde duermo y mi hogar en la Estancia o en el Zalate. La vista magnífica, por un lado el centro, por el otro, muy lejos, lo árboles de El Centinela, el escritorio dará al ventanal hacía la avenida, la copa de las ceibas me distraerá. Los motores; cambios de velocidad; el dual y el claxon son los efectos perniciosos de mi ideal.

Una mesa, dos sillas; el comedor. La alacena, una bolsa tejida, el fregador y una parrilla, tres platos, tres vasos, dos cazuelas, una de barro pesado; la cocina. Un clóset, una mesita, dos bancos, cobijas sobre el suelo; el dormitorio. Vivir al día en seis meses. Pagar la renta, vivir sin ti y seguirás con él.

Joaquín

Derechos Reservados © 2014; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Y si vivieras conmigo

Y si vivieras conmigo, te dejaría cartas debajo de la almohada. Sé que no te gusta la soledad y que también te gusta leer. Eso te ayudará con ambas cosas.
Jaime Sabines

lunes, 17 de marzo de 2014

Idus de marzo


Ayer, poco antes del medio día, aprovechando la sombra y el fresco de los últimos días de invierno, me puse a pintar un mueble que mi madre me había encargado desde tiempo atrás. Había comenzando a lijar la pintura vieja en los días fríos de diciembre después de la navidad, lo hice el día que comencé a re-leer Cien años de soledad, pero al cabo que el clima se hizo más frío, abandoné el proyecto.

Sólo faltaba pintarlo y montarlo en la pared, tal como mi madre lo quería. Mis sobrinas me acompañaron, ellas jugaban consigo mismas, gritaban, se perseguían, se tiraban al suelo a observarme y volvían a distraerse en sus juegos. En un momento, una de ellas se mantuvo a mi lado, pero la distrajo un vecino que salió a la calle a jugar el balón con dos de sus hijos; uno de cinco y el otro de tres años.

Mi sobrina quedó absorta y en silencio mirándolos. Parecía dominar la voluntad de sus instintos. No imaginé que le ocurría. Entonces, rompí el silencio de la misma manera que golpeaba el viento de marzo. Le pregunté acerca de lo que ocurría. Volteó hacía conmigo, me miró, y con unas palabras de desaire sobre sí, más entonadas al reclamo, me dijo: -¿Por qué nunca sales así conmigo?

Sintió el derecho de reclamarme. En ese momento solté una pequeña risa, una risa nerviosa, como se dice. Me había roto el corazón. Lo único digno que puede contestar fue que más tarde la llevaría a pasear. Momentos después, llevé mis sobrinas al mercado de San Joaquín, y compramos flores: rosas para nuestras mamás.  

Quino

PD: Entonces ¿Te casarías conmigo, G?

Derechos Reservados © 2014; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.

miércoles, 15 de enero de 2014

Me alucinaste


“…no se puede cambiar de corazón
como de camisa sin perder la sonrisa…”
Andrés Calamaro* (Upps!)

Alucinaste que rasuré mi bigote de los cuarenta, porque me di cuenta que ni así te fijaste en mí, a seis días de haber acordado que saliéramos de nuestras vidas y que deseaba no volverte a encontrar, a seis días de que nos hubiéramos visto en persona, de que te hubiera prometido que  me quedaría contigo y me portaría bien para compartir esta ciudad. Para haberte encontrado cuando subías las escaleras mientras yo subía por la rampa, dirigiéndonos al  mismo punto donde quizás nos encontraríamos los tres, hubiera tenido que salir de mi casa a las ocho de la mañana de aquel jueves para dirigirme a la facultad, hubiera tenido que ir de biblioteca a la calle, de la calle a la biblioteca, de la biblioteca a las ventanillas de control escolar. Hubiera tenido que encontrarme a uno de nuestros amigos y que comenzara a hablar de ti, de él, de mí, de nosotros, de por qué nunca asisto a sus reuniones, o de por qué no fui a tu examen de posgrado o de que te verá en unos días y esperaba que fuera con ustedes.

Para haberte encontrado en aquel lugar, en el  momento justo, hubiera tenido que enredarme en palabras para evitar contestar esas preguntas que me causaban tristeza. Hubiera tenido que ir de nuevo a la biblioteca, asistir a una chica en su tesis, y decidir que esa jornada en la facultad había de terminar. Hubiera tenido que decidir dirigirme al tren ligero para así subir por la rampa y en medio del tramo detenerme.

Para encontrarte en ese punto, nuestros pasos debían estar finamente sincronizados para evitarnos. Detener el curso del destino, como un ejemplo más de que las cosas no pasan por que así lo evitamos. De que nuestras miradas deberían estar sincronizadas para levantar la vista y tú girar la mirada a la izquierda y yo girar a la derecha para reconocernos. Me hubiera quedado helado con la emoción y la sonrisa que, a pesar de todo, siempre florecía en mí cada vez que  te veía, pero encontrarte allí, en ese momento, con él detrás de ti, siguiéndote. No te hubieras detenido por mucho tiempo porque él te hubiera alcanzado y habiendo girado su vista hacía donde veías, seguiste su camino. Aunque sincronizados nuestros pasos y nuestra vista en la intersección de nuestros caminos, no obstante, eran nuestras vidas las que se bifurcan.

Porque los hubiera seguido. Hubiera estado a unos metros de ti logrando escuchar tu vos por última vez frente a la cafetería, te hubiera alcanzado la mano frente a las bancas que por un año procuramos para la clase de estadística, justamente allí cuando pensé por primera vez, antes de tu examen en diciembre de 2010, decirte lo mucho que me gustabas, lo especial que comenzaste a significar para mí cuando te quejabas de una persona que parecía no darte  importancia, la misma que caminaba cerca de ti aquel jueves en que me alucinaste en la rampa mientras subías las escaleras.

Te hubiera pedido hablar contigo, disculparme que las últimas palabras que te habían escrito fuera un “cállate”, un “cállate” que no sólo escribí, lo pensé y lo dije, porque no podía soportar más que me dijeras que sí me llegaste a querer. Y sin embargo, me hubiera ido corriendo para alcanzar el tren. Hubiera tenido que correr como loco huyendo de nadie, sino de  mí, a vigilar el desierto donde espero encontrarte para mí, donde sólo mi lucidez puede encontrarte; en mi imaginación.

Me alucinaste, sí, porque la única ironía es que me busques sin que pienses quedarte conmigo y, aun así, extrañarte todavía.


Joaquín 

Derechos Reservados © 2014; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.

miércoles, 3 de abril de 2013

viernes, 8 de marzo de 2013

¿Por qué no me preguntó a qué me dedicaba?


23 de enero 2013, miércoles


Hace varias semanas, salí a correr por la noche y cuando regresaba a la casa miré varias baterías regadas por el piso. Detuve mi paso, las tomé una a una. Delante de mí, se acercaba una persona que por fijarme en las baterías en el suelo sólo había notado que venía en mi dirección. Tenía las cuatro baterías en la mano cuando fui levantando la mirada. La chica que venía hacía mí se había detenido y noté su sonrisa. 

Entonces el recuero. Ambos coincidimos en la escuela primaria, pero en clases distintas. Me acuerdo mucho de ella porque me fascinaba mirarla; era (y sigue siendo) una mujer que destellaba ternura. Conforme fuimos madurando me di cuenta que se hizo una mujer bastante atractiva. Ella siempre llegaba temprano, pero a diferencia de mí, se iba directo a su salón de clases, yo me quedaban en las gradas del patio cívico y de frente al asta bandera de la primaria Sor Juana Inés.

En quinto de primaria crucé mis primeras palabras con ella, en efecto, era bastante dulce al hablar. Practicábamos un baile, pero no recuerdo para qué festival. Ella estaba a dos parejas de mí. En un descanso, sentados en el piso, hubo algo chistoso y se dirigió conmigo para comentarlo. Me sorprendió que me hablara si nunca lo habíamos hecho. Fue bastante simpática. No volvimos a cruzar palabra alguna, sino hasta la secundaria.

Entré a la secundaria Ricardo Flores Magón, ella quedó en mi grupo. Era la quinta de la lista y yo el 49. Como siempre he sido, pocas veces le hablé por timidez. Cuando me dirigía a ella lo hacía como si fuera una mujer adulta, lo hacía de forma seria. Ella fue la primera mujer a la que le dije que me parecía muy linda. Recuerdo en un receso que me acerqué a ella y le dije: “Con todo respeto, eres muy linda”. Me vio a los ojos y lanzó una sonrisa con todos sus dientes al tiempo que decía, gracias.

Como esa sonrisa que me miraba al levantarme del piso donde recogía las baterías aquella noche que salí a correr. Era verdad que estaba allí, casi a media noche, mirando cómo recogía las baterías del suelo y frente al mismo edificio de la secundaria donde le dije que era muy linda. Fue inconfundible su sonrisa y sus delicadas piezas de mujer que destellaban ternura, como todas las mañanas en que la seguía con la mirada hasta su salón al pasar por el patio cívico de la primaria, yo; sentado en las gradas de frente al asta bandera. 

Me sentí apenado por un momento. No muchas personas recogen baterías del suelo para evitar la contaminación por metales pesados. Ella, con su sonrisa desplegada, la recibí con un “hola, buenas noches”. Platicamos un momento recordando las amistades de aquella época. Resulta que ella se casó con chico que era mi compañero de la primaria y tienen un varón como hijo. El azar es tan caprichoso. Honestamente, nunca me enamoré de ella. Eso creo. Nunca sentí sentimientos hacía ella, salvo la atracción de esa ternura que siempre la acompaña, como una sombra alegre sobre sí misma. 

Mientras hablábamos, pasaba cada batería por mis dedos, estaba algo nervioso por el encuentro. Puedo decir que no soy tan común, si no me preocupara cada batería que está en el suelo de la Tierra, me hubiera seguido de largo y no hubiese tenido ese encuentro ni ese momento bochornoso. Supongo que a ella no le dio importancia. No debería haberme sentido así, pero seguro se fue pensando que me dedicaba a recoger cosas del suelo.  En fin, me gusta encontrarme viejas amistades, porque me gusta disfrutar de un sentimiento añejo que sólo se recobra cuando precede del: “te acuerdas cuando…”. 

Quino
Derechos Reservados © 2013; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.


jueves, 13 de diciembre de 2012

Soneto de la dulce queja


Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

Federico García Lorca (1898 – 1936)

Foto: Anónimo


lunes, 10 de diciembre de 2012

Diciembre 10, mes 12



            …
Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede la razón.
…

Juana de Asbaje

Dice Sabina que “amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño”. Tengo amor y estoy ciego, pero ¿le hago daño? Quién podría responder sino ella o un observador externo. En los últimos días, hace dos semanas, su implacable actitud para hacerme entrar “en razón”, me dejó herido. Sin embargo, ella misma fue quien me hizo sentir bien, un sábado al medio día y, por la noche, la caída fue tan violenta. Entiendo que esconda la extraña relación que tenemos, que esconda los sentimientos que tengo para ella, pero ¿esconder aquellos momentos en que la traté como la persona digna que es? Negar que no hemos dejado de comunicarnos, omitir que nunca me he aprovechado de aquellos momentos en los que no sabe qué hacer, de sus momentos de debilidad. Entiendo que me haga un sitio, que cerque mis sentimientos, lo que no entiendo es el trato de enemigo, como el enemigo de él, de sus familias. Lo he permitido, y quizás, como también dice Sabina “me basta con ser tu enemigo”. Es mi culpa por quererla de ese modo inexplicable. Ella, la mujer que amo y pienso todos los días, a veces tiene una mirada de páramo, como desolada, y es tan linda y dulce cuando destella un poco su sonrisa y emerge, inevitable, como un amanecer del principio de los tiempos. Será navidad, el tiempo más lindo para mí, aunque el frío me recuerda la agonía de mis abuelos, la calidad de la temporada me gusta mucho. Desde hace unos años tengo la costumbre de regalar algunos cuantos juguetes para niños en situación de desventaja, es el momento de una gloria anónima de saber que un niños tendrá un instrumento de imaginación.

PD. Todas estas noches me he ido a la cama escuchando “Ojalá” de Silvio y “Se equivocó la paloma” interpretada por Serrat.

PD. Dulce amiga, dulce amor, te quiero ver diamante.

Quino

Derechos Reservados © 2012; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Amor 77



Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Julio Cortázar: Un tal Lucas

El reto intelectual, mi guerra fría. 

domingo, 5 de agosto de 2012

You should date an Illiterate girl


Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor.
Charles Warnke

La siguiente entrada la escribió Charles Warnke. Me llegó a mi correo un 9 de junio de 2011 de parte de una colega que vivía, en ese entonces, en Monterrey. Mi colega y amiga tiene dos libros escritos y varios poemas que me ha compartido. No entiendo porque me comparte sus poemas, si desde que estaba en la preparatoria (valga la redundancia) enamorado, como siempre; un amor imposible, no me he atrevido a escribir algún verso para no representar mi cursilería en los estrados de mi vida. Cuando recibí el correo, me quedé maravillado tal como lo sigo estando. Warnke, es un escritor joven, más joven que yo, aunque yo no soy escritor, pero su prosa me encantó y, contrariamente a lo que hago con las cosas que me gustan, no lo compartí con nadie. Con nadie excepto con la persona de la cual sigo enamorado.

De Pablo Picasso: La lectora (1920)
A ella le gustó, según me escribió en respuesta al reenviarle el correo de la prosa de Warnke. Ella respondió que agradecía enormemente dicho correo. Tal como se lo había explicado, la lectura me había hecho pensar en ella, más de lo que ya pensaba. Había leído, con Warnke, el fundamento del amor que siento por ella. Encuentro una manera hermosa en ella cuando escribe (y cuando se expresa en su lírica). Leí su belleza en las letras de esta mujer, de mi amiga cuya amistad depende de que mis sentimientos encuentren sepulcro en mi alma.

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat yAslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.

http://thoughtcatalog.com/2011/dont-date-a-girl-who-reads/

Quino

Derechos Reservados © 2012; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.

viernes, 6 de abril de 2012

Adiós a media voz...

“…pero los niños que así vienen
muertos de amor
muertos de miedo
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
y qué verdad dura y sin sombra
qué verdad fácil y qué pena…”
Mario Benedetti

Todos estos días me he sentido tan desdichando, decepcionado de la vida, del amor, de la amistad. Todo se fue al carajo cuando me quedé sin quien conversar. Ayer salí a caminar para no quedarme solo en mí casa. Me encontré a personal que trabaja en el mismo lugar que yo, estaba laborado y me les pegué como una sandijuela que busca compañía.
He dudado de mí, he dudado de lo que creo; he negado mi existencia. No es que me equivoque es que así son las cosas.
Dice Sabina que “en tiempos tan oscuros nacen falsos profetas”. Esa es una ventaja para quienes me han recomendado cómo estar con alguien (no enamorar a alguien, sino estar con alguien). Me lo dijeron muchas veces para (man)tener a alguien contigo, para (re)tener una relación necesitas control. Se debe buscar alguna necesidad de la otra persona; eso será su punto débil y su punto débil es el punto más fuerte para quien controla.
Que los puntos para el control son más fáciles cuando la necesidad es humana; cuando la necesidad tiene que ver con el afecto o con el amor. Quien me lo dijo tiene bajo su dominio a tres personas, tres mujeres que piensan que él es el único profeta. Al menos una de ellas sabe de la existencia de las otras dos, pero por alguna razón lo toleran. Resisten.  
Dice Sabina que “el asesino sabe más de amor que el poeta” (o como escribirían los clásicos: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit" ). Es verdad, para mantener el control de una relación de pareja se debe tener inmunidad, o al menos, ser ajeno a la necesidad de la otra persona. En tal caso, quien lo dice es ajeno a la necesidad de afecto o de amor y es la única manera de mantener el control.
¿Lo creen así? Las relaciones de pareja, muchas de ellas, son relaciones de poder. 
Soy un liberal, como tal soy un teórico de la libertad y de la no-libertad. El dominio de “A” sobre “B” es la negación de la libertad de “B”. El dominio absoluto es cuando la necesidad se hace presente, cuando desde “B” subsiste el reconocimiento de dicha necesidad y cuando “A” se da cuenta de la necesidad de “B”. El dominio parcial es cuando alguno de ellos ignora el fundamento que motiva estar dominado o dominar.
Esclavo es todavía una condición menos ignominiosa que siervo, toda vez que el esclavo se encuentra dominado por la fuerza, y el fuerte nunca es lo suficiente sino transforma su fuerza en derecho como afirmó Rousseau. Pero el siervo encuentra sus cadenas endógenamente, las encuentra en sí mismo, en él la fuerza no sólo es sujeción material, sino derecho pleno del más fuerte y la negación de la libertad de “B” es la confirmación del poder de “A”. En consecuencia, el que domina debe disfrutar de libertad absoluta, libre de necesidades que lo encadenen. Obviamente, esta condición es un ideal.  La no-libertad es la carencia de poder, la libertad absoluta es poder absoluto.
Así es la realidad, lo es cuando la única mujer que se fija en ti es una persona que evidentemente tiene necesidad de afecto y está fuera de sí misma. De una mujer que ejerciendo su libertad se convierte en un siervo, qué contradicción la que afirmo, quien no es libre nunca decide ser no libre, sino por el impulso de su propia necesidad.
Esto es lo que se va al carajo, resulta que debo imponerme, buscar la necesidad de una persona para “pasar el rato”. Qué absurdo. Lamentablemente así son las cosas, por fortuna, mis convicciones son más fuertes que mi necesidad de afecto. Aunque me quede solo en esta vida, sin compartir el amor con una mujer, cuando alguien me recuerde espero que sea como la persona que no sólo ejercía su libertad, sino que procuró que los demás lo hicieran del mismo modo.
Ayer, sin pedirlo ni pensarlo, me dijeron; "Tú te mereces lo mejor… la mejor". Y yo me quedé frío, nunca esperé eso de esta persona. Para qué me lo decía, y guardé silencio. No entendí por qué alistó sus defensas de esa forma. Dió en el clavo justo. Todas las mujeres me dicen lo mismo: “No soy la correcta” y rematan, como el asesino que sabe más de amor: “Te mereces la mejor”. Siempre me mandan a buscar a “La mejor”, cuando la creo encontrar resulta que no es “La correcta”.
Si “La mejor” no es “La correcta”, entonces merezco a “La peor”. Con suma paradoja, quienes me rechazan me dicen; “no me conoces”; “soy bien dura, no me aguantan el ritmo”; “soy difícil”... no soy “La mejor para ti (soy La peor)”. Nadie entiende que quiero conocerlas, nadie me da el beneficio de la duda, y ellas se quedan con “El peor”. Necesito ser de lo peor para tener una persona que necesite de mí. Me quedo de nuevo con la sensación de opresión en el pecho, por un corazón colapsado por el vacío.
Al carajo con todo, cambiaré mi vida el 19 de diciembre.

Quino


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domingo, 29 de enero de 2012

Conversación entre una ñoña y un ñoño


Hace unos días salí a la Ciudad de México para asistir a un curso, en la Universidad Nacional Autónoma de México, que impartiría el co-director de tesis doctoral de una amiga ñoña. Debo decir que fue la primera vez que salí de viaje con una mujer; una mujer ñoña. Fue divertido viajar con ella porque pasé tiempo viendo películas en el autobús. Mientras yo me iba disponía a leer ella sugirió disfrutar de la película y, sinceramente, no me arrepentí porque me reí como loco viendo la película de “La familia de mi novia 3”, además vi por primera vez una película de Woody Allen cuyo nombre no supe, pero se trataba de algunas frustraciones laborales de un escritor; la (des)ventura de un viejo que no quería envejecer; la esposa del escritor que quería tener su propia galería sin enamorarse en el intento; la esposa del viejo que se entretenía con una vidente buscando un amor que compartir. En fin. En realidad, también la acompañé porque tenía que ir a cierto organismo central electoral.

Entre muchas conversaciones que tuve con mi amiga ñoña, la siguiente es una de ellas que tuve acerca de una mujer (no tan ñoña, sino más bien lista en los negocios) y otro amigo ñoño:

-          Tú que pensarías si te digo que mi amiga ha salido con todos mis amigos que le presento.
-          ¿Qué diría yo?, ¿Tengo que decir algo al respecto? No entiendo qué, diría que es muy amable.
-          Mmm, a ver, ¿tú también?
-          Yo también qué.
-          Es que le digo a Harold que no se emocione con mi amiga porque ella suele ser muy cariñosa y con ello saca ventaja para que los hombres, mis amigos, crean que pueden ser algo más.
-          ¿Cómo?
-          Ayy Quino, no manches, tú también.
-          Yo también qué (con cara de frustración).
-          Mira, Katy suele hacerte así (me toca el brazo como acariciándome) pone su cara de niña buena y te dice - “se me antoja esto y esto otro”. Y todos mis amigos piensan que ya se la van hacer novia, caen redonditos y ahí están tras de ella comprándole e invitándole cosas.
-          Pues no funciona cuando somos ñoños (la verdad mi argumento era débil si conociera más mi historial sentimental). Tú me la presentaste y ¡yo! no “salí” con ella.
-          Cómo  no, sí la invitaste a “salir”.
-          No, no la invité a salir (con cara de extrañado y mi amiga se me queda viendo incrédula). Qué ¡no! la invité a salir.
-          La invitaste un café.
-          No la invité un café, me quería vender una “Inversión”.
-          No importa, le pagaste el café (yo riéndome).
-          Eso no es “salir”, me quería vender algo (me interrumpe)  - los que te quieren vender algo siempre te invitan las cosas Quino.
-          No es que Katy se quiera aprovechar, pero como ve que mis amigos se pasan de “buenos” (creo que quería decir estúpidos), ella saca ventaja de su toque femenino.
-          A ver, ¿me habías contado que a Katy la conociste porque fue novia de un primo tuyo?
-          Sí.
-          Me habías dicho que tu primo la había tratado muy mal, habían durado alrededor de 4 años de novios y, aunque se la llevaba muy bien con tu familia, tu primo la traía como  un llavero en el bolsillo. ¿Cómo es posible que una mujer, que sufrió de esa manera, puede aprovecharse de otros hombres?
-          Pues créelo, así es ella, así son las mujeres, así somos. Por eso le digo a Harold que no se ilusione.
-          Pero su vida pasada puede indicar lo contrario.
-          Hay Quino (pegándose en la frente como diciéndome, qué estúpido eres).
-          Cuando se está enamorado dejas que sucedan muchas cosas que te hieren, pero aún así sigues en la relación.
-          Ahhh. je ne comprends pas; I don't understand. Entonces, ¿nacen o se hacen?
-          Nacemos (riéndose despiadadamente).
-          Mmm, yo no haría eso.
-          No, claro que no, porque eres hombre.
-          Entonces, Harold, está en peligro.
-          Sí, ella no quiere nada con él y Harold no quiere hacerme caso o no me entiende.
-          Yo no te hubiera hecho caso, creo que nosotros, los ñoños, es la única forma de acércanos con una persona del sexo contrario. A mí no me gusta Katy, es muy linda y simpática, pero cuando platiqué con ella, no me gustó su forma de pensar. Me platicó de la forma en que compró su primer coche, que fue de agencia, todo por su habilidad en los negocios, hasta ahí estaba bien, no siempre conoces a alguien que en la prepa ya tenía un coche sin que nadie le ayudara y, sobre todo, viniendo de una familia humilde. Mientras ella me hablaba de las cifras que podía invertir y cómo su empresa lo haría. Yo le contesté con mi discurso común de teoría política y vida cotidiana. Le respondí -como en un debate- que no me estaba vendiendo una inversión, sino un seguro contra la incertidumbre de la economía de mercado  y… (me interrumpe de nueva cuenta).
-          Pero le pagaste el café.
-         No tomé café, tomamos limonada natural (y seguí caminando con mi amiga ñoña hasta la biblioteca de la UNAM, pensativos).

A Harold lo conocí en un debate; el estaba a favor de la interrupción del embarazo y yo contra él. Y siempre que lo veo platicamos de política y del avance de la física. Está por comenzar el doctorado en física y ha estado en Massachusetts Institute of Technology y pronto en una conferencia en Bélgica. Siempre creí que Harold no lidiaba con estos problemas del corazón, de los sentimientos no correspondidos. Debí darme cuenta, él se parece tanto a mí: guarda todos los recibos de compra; apaga con el pie las colillas de cigarro cuando las ve en el piso encendidas; le gusta la política y la física; no fuma; no bebe alcohol; mantiene el orden en su habitación; siempre planea sus rutas -tiempo y distancia- antes de salir; siempre compara los productos que va a comprar (cerciorando donde fueron fabricados o ensamblados, evaluando si en dicho lugar no explotaban personas, verifica si tiene la Norma Oficial Mexicana, entre otras cosas similares); evalúa la necesidad de comprar productos suntuarios; se desinfecta a sí mismo y las cosas que utiliza; se lava las manos antes y después de utilizar el transporte público o cosas que están al alcance de todo mundo.

Pero tal vez él se hace más responsable de sí mismo, disfruta su tiempo libre: va al teatro, al cine, a comer, a los conciertos, viaja solo sin que le importe si alguna mujer acepta acompañarlo a esos lugares. Debería aprender de su actitud y dejar que la soledad me acompañe. En fin, ojalá algún día ya no me importe la compañía de nadie.

Quino



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