Ayer, poco antes del medio día, aprovechando la sombra y el fresco de
los últimos días de invierno, me puse a pintar un mueble que mi madre me había
encargado desde tiempo atrás. Había comenzando a lijar la pintura vieja en los
días fríos de diciembre después de la navidad, lo hice el día que comencé a
re-leer Cien años de soledad, pero al cabo que el clima se hizo más frío,
abandoné el proyecto.
Sólo faltaba pintarlo y montarlo en la pared, tal como mi madre lo
quería. Mis sobrinas me acompañaron, ellas jugaban consigo mismas, gritaban, se
perseguían, se tiraban al suelo a observarme y volvían a distraerse en sus
juegos. En un momento, una de ellas se mantuvo a mi lado, pero la distrajo un
vecino que salió a la calle a jugar el balón con dos de sus hijos; uno de cinco
y el otro de tres años.
Mi sobrina quedó absorta y en silencio mirándolos. Parecía dominar la
voluntad de sus instintos. No imaginé que le ocurría. Entonces, rompí el
silencio de la misma manera que golpeaba el viento de marzo. Le pregunté acerca
de lo que ocurría. Volteó hacía conmigo, me miró, y con unas palabras de
desaire sobre sí, más entonadas al reclamo, me dijo: -¿Por qué nunca sales así
conmigo?
Sintió el derecho de reclamarme. En ese momento solté una
pequeña risa, una risa nerviosa, como se dice. Me había roto el corazón. Lo
único digno que puede contestar fue que más tarde la llevaría a pasear.
Momentos después, llevé mis sobrinas al mercado de San Joaquín, y compramos
flores: rosas para nuestras mamás.
Quino
PD: Entonces ¿Te casarías conmigo, G?
Derechos
Reservados © 2014; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial
artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos
Mexicanos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario