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sábado, 30 de enero de 2016

5 años, 27 días y un par de horas

"Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes"

5 años, 27 días y un par de horas después que aparecimos en nuestras vidas me dijiste: sí. Que sí, que mis días tendrían tus noches, tu cielo mis estrellas y, de hoy en adelante, me dejarías cocinarte los domingos aunque tú prefieres salir. Interminable verano de amor nos prometimos, hasta el invierno de nuestro tiempo.

Siempre juntos como libros separados en orden decimal, pero por fin juntos después de todo, a pesar de todos. Tomé tu mano de seda, me junté con tus dedos largos, acaricié tu cabello de jazmines y besé tus labios cereza. Ungimos el día con los oleos del amor, me pediste cumplir mis promesas: ir al cine los miércoles, comprar libros al final de la semana, leerlos en interrumpidos lapsos para observar nuestra gloria de amor. Nuestras citas en el templo de la Misericordia, paletas de Chocomilk en la calle Esparza. Vacaciones en Pátzcuaro y ponencias en el extranjero.

Nuestra vida resuelta entre el diván y las flores visitadas por las mariposas amarillas, los rayos de luz sobre nuestra mesita de noche. Todo quizás en una vida paralela. 

sábado, 5 de julio de 2014

El amor imposible



“Todas las personas tenemos un amor imposible…” Sí, ella había escrito así alguna vez, así lo recuerdo. Dialogar con ella siempre me dejaba lecciones. Absolutamente no sabía nada de la vida y fue ella quien me acompañó 1,346 días, 192.29 semanas, 44.87 meses o 3.69 años hasta el 28 de abril de 2014, cuando por fin me di cuenta que era un estorbo para ella. Me sentí francamente decepcionado. Me tenía miedo. Después de todo, era cierto, me aferraba a ese imposible. Poco menos de ese lapso de tiempo, ella fue el amor que me gustaba. Hasta que hice exactamente lo que ella me pedía: que me fijara en alguien más, porque lo nuestro, corrijo, porque lo mío era imposible.

Me faltó humildad para aceptar la situación, me faltó valentía para dejarla seguir sin mí. No importa, siempre procuraba que estuviera bien. La quise bien, con la poca inteligencia sentimental que me tuve. Me moría de ganas de que ella sintiera algo por mí. Sin embargo, nada de esto vale ya, porque sucedió lo que ella dijo que sucedería; alguna mujer estaba hecha para mí.

Así fue. La persona que me daba consejos y ánimos para defender lo que sentía por ella. La mujer que con sus palabras revertía parte de mi tristeza, aquéllas que me fortalecía y protegían. La mujer que defendí en cada etapa convulsa de su vida, sin esperar nada a cambio sino por el mero vínculo de nuestra amistad. Aquélla que me rechazó y me pidió que fuera solamente su amigo cuando le revelaron mis nuevos sentimientos hacía con ella. La mujer con la que ahora construyo la felicidad con una familia planeada y cultivada.

Yo soy “yo”, ella es “ella”, con alegría, con amor. La reafirmación de nuestras personas nos permite cobijarnos en amor. Porque en “nosotros” se diluye el individuo (qué va, soy un liberal en todo el sentido político). Sencillamente, la quiero porque sos. Es así la dialéctica del amor. 

Hoy no tengo ninguna duda, me quiero con ella.


PD: Los pactos deben ser cumplidos. Gracias por haber sido el amor de mi vida, pero, como te dije un día, sigo pensando que él hará un pequeño esfuerzo y volverás con él: un ramo de flores bastará. 

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Sin remedio?

...la culpa es de uno
cuando no enamora
y no de los pretextos ni del tiempo...
Jaime Sabines
A veces, no hay quien te escuche ni quien estés dispuesto a escuchar lo que uno sufre o de las razones por las cuales uno se siente tan miserable; sobre todo cuando se está consciente de que no se puede hacer nada. Sin remedio. Debo confesar que soy muy “subjetivo”, si por subjetivo se define alguien que no puede controlar sus emociones, además; soy sensible al grado que los estados de ánimo se me contagian con facilidad.
Me ha tocado hacer entrevistas para contratar a un poco más de 70 personas como parte de un trabajo temporal y los prospectos eran poco más de 500 personas. No sólo hago la evaluación de las entrevistas, sino que me toca aprobar las contrataciones mediante una sesión pública con mis pares. La entrevista no es fuera del otro mundo, se trata de indagar sobre la vida de las personas y destacar cómo se ha visto implicado en algunas circunstancias para, de ahí, evaluar las actitudes y aptitudes necesarias para el trabajo propuesto. Dicho método implica adentrarse a la vida de las personas.
Por más de una semana me ha tocado escuchar a los candidatos las alegrías, los retos, las frustraciones y necesidades que han vivido. Incluso, he visto su reacción, he estudiado su mirada, el movimiento de su cuello al pasar saliva, los ademanes de sus manos, los gestos y el momento en que cambia su tono de voz al hablar. He entrevistado a vendedores, meseros, profesionistas (ingenieros, abogados, politólogos, geógrafos, secretarias, psicólogos…), taxistas, estudiantes, amas de casa un policía investigador y un músico.
Todos ellos cargan a cuestas la vida que necesitan sobrellevar. Me he sentido muy mal a pesar de que la evaluación la hago de forma objetiva, muchos necesitan el empleo aunque digan que lo hacen por “amor al arte”: lo noto en su discurso;  la forma en que se expresan y; lo noto en su mirada. Me han platicado de cómo cierto edificio, recientemente construido para una villa panamericana, está inclinado 7 grados, de  cómo han levantado la declaración de una mujer violada, de las forma de represión laboral de los gerentes de una tienda de conveniencia, de cómo bajaron a unos cholos de un camión del transporte público, de la difícil decisión de trabajar, estudiar o de acrecentar los lazos familiares, o llevarse a casa la preocupación y agustía de no saber decirle a una mujer que su esposo la engaña con otra persona del trabajo.  
Algunas veces quería detener la entrevista y soltarme a llorar. No quería seguir entrevistando a personas. Recuerdo a una jovencita cuya mirada denotaba miedo: había estado ya en muchas entrevistas y nadie la han contratado, ella está por salir de su licenciatura. El caso del joven músico del cello, es otro caso: se veían tan pacífico, pero tan sumiso. Una señora de 62 años, que ha sido  vendedora toda su vida, y describió cada empleo que ha tenido con un patrón de explotación laboral explícito en cada uno. Lo único que podía hacer es mirarlos teniendo una sonrisa que cubriera mi tristeza: una sonrisa triste -como dice mi amiga-.
No sé cómo ayudarlos. Tengo dos súper cuates psicólogos que varias veces le dije que admiraba su trabajo porque ellos podían intervenir más directamente en la vida de las personas y yo no lo podía hacer. A veces he pienso que cuando le ofrezco ayuda a alguien, más bien trato de decirles que soy quien necesita de ellos. Quisiera saber que se siente ser amado por alguien más. Entre tanto, seguiré ayudando a quien pueda y quien se deje, porque el sufrimiento ajeno no me es indiferente.
Escribir es el primer y último escape para sacar lo que siento. No soy feliz, ojalá tuviera más episodios alegres en mi vida.


Quino



Derechos Reservados © 2011; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Aquel día, cuando bailé con ella (editado)

Esta mañana desperté pensando en lo sucedido el año pasado. El día en que se organizó una posada con todos los estudiantes del posgrado y se llevó a cabo en una calle cercana de la Preparatoria en la cual hice mis estudios. Aquella mañana estaba en una reunión de la organización política de izquierda en que simpatizo, al final de mis colegas me prestaron algunos libros que me servirían para realizar el protocolo de investigación.
Ya pasaba el mediodía cuando caminé, con montón de libros, hacia la estación San Jacinto. Tenía la mente ocupada con lo que se había discutido y, un poco, con el pendiente de los ensayos que debía entregar. Quería llegar a la maestría temprano en la calle Liceo para buscar más textos en la biblioteca. Allí mismo nos reuniríamos algunos amigos para ir al lugar de la posada. En realidad, no tenía necesidad de hacer ese viaje porque ya sabía la ubicación del lugar.
Realicé mis estudios de bachillerato en esa prepa, ya se lo había dicho a ella, pero no le dije que era muy probable que ya conociera la casa donde vivía en Guadalajara. Cuando estuve en la prepa, llegaba muy temprano, no me gustaba ir más tarde porque los camiones de la ruta 33-A iban repletos. En ese entonces no sabía andar en bicicleta (aprendí a mediados del 2004, y la preparatoria la hice del 2000 al 2003), y un vecino se iba en bici y, francamente, me daba mucha envidia. Recuerdo que una vez hice 15 minutos de mi casa a la prepa, cuando normalmente la ruta es de 30 minutos, fue la vez que llegué a las 6.10 am cuando la prepa la abrían a las 7.00 am.
Llegaba muy temprano a la prepa, y entonces decidía caminar  por las calles cercanas a ella para hacer tiempo, y recuerdo que pase muchas veces por la casa donde, ahora sé que, vive en Guadalajara. Claro, ya sabía donde vivía, recuerdo muy bien ese ventanal, lo recuerdo porque siempre me fijo en las fachadas de las casa que se me hacen bonitas.
Cuando terminé de buscar en la biblioteca de la maestría, ya estaban mis amigos esperando, y ella sentada dando la espalda a la entrada de la biblioteca, entonces me acerqué sigilosamente para sorprenderla, pero algo sucedió que se dio vuelta y me recibió con una sonrisa.  
Compramos algunas cosas en el mercado que está de pasada a la espera del camión, de hecho es la ruta 33-A. Platicamos un poco, ella llevaba una abultada mochila -siempre su mochila se veía muy llena-. Abordo del camión, nos tocó irnos parados y cuando se desocupó un asiento ella se sentó y me dijo que si me ayudaba con mi mochila, la cual estaba muy pesada, pero no lo acepté, le dije que estaba bien. Llegamos a su casa cerca de la prepa dos y caminé a su lado.
La comida de la posaba eran los tamales que nos prometió. Estaban muy exquisitos. Conformé avanzó la tarde, platicábamos en retrospectiva de la maestría. El ambiente era un poco extraño ya que se dio una especie de división de hasta tres grupos. A mí no me importaba, yo estaba a gusto.
Durante  la tarde, ella me recordó una conversación previa que habíamos tenido en el Messenger, en aquella conversación quedamos en que bailaríamos. ¡Rayos! yo no bailo, pero quería bailar con ella. Sería  la primera vez que bailara voluntariamente y le prometí que bailaríamos. En realidad no creí que aceptaría, de hecho dudé hacerlo cuando me recordó la promesa.
Al final de cuentas bailé con ella.  Me estuve disculpando porque no sabía bailar, pero ella se veía divertida que nada más me importó. Y seguí bailando con ella, no quería bailar con nadie más que ella. Así lo hice, y no quería que se acabara la música y para seguir bailando. Al principio, bailé con ella de forma separada y, más adelante, le pedí que bailáramos más cerca, no creí que aceptaría, pero lo hizo. Y fue así como bailé muy junto con ella; quería sentir su calor, su aliento, su piel, quería sentir su alegre mirada. Me pareció de lo más lindo, claro, debo admitir que me llamaba mucho la atención. Alguien más me sacó a bailar, pero ni recuerdo quien era. En fin, sólo quería hacerlo con ella.
Sin embargo, noté un cambio en ella. Notaba las veces que revisaba su Blackberry. Sentados, yo frente a ella, la contemplaba preguntándole en silencio: ¿Qué tienes que no puedo dejar de pensar en ti? Ante el bullicio de la fiesta notaba una preocupación en su expresión. Estaba esperando a alguien y no llegaba. Mandó algunos mensajes, habló por celular.
Más tarde, aún sentada frente de mí, recibió una llamada de esa persona que esperaba, y ella dijo un tanto exaltada: -¿dónde estás?... ¿y por qué no te pasas?- Tal vez ella no se dio cuenta de que la puerta de la cochera donde estábamos la habían cerrado y la persona que esperaba no podía entrar. Ella salió a recibirlo. Alguien estaba charlando conmigo, pero no presté atención sólo me quedé viendo que esa persona era la misma que había conocido en la primera clase de mi orientación y que me presentó por su nombre en la biblioteca de la maestría.
Él llevaba una bolsa de papel con un regalo. Ese regalo era para ella, lo vi cuando se lo dio. Entonces mi expresión y ánimo cambió, pero el de ella fue más feliz. Luego se sentaron frente de mí, pero ya no me ponía atención, sólo estaban allí; ella aún lado de él. Ella le había obsequiado un kínder sorpresa. Estaba seria pero ya no estaba preocupada. En efecto, era al que ella denominaba como su “no-novio”, no era su novio, pero como si lo fuera -según palabras de ella-.
De alguna forma ya no me sentí bien, entonces fui con mis amigos -que me habían pedido desde antes que nos retiráramos-, a decirles que ya era hora de irnos. Ella estaba con él en aquel círculo de conversación que se hizo con el otro grupo de la maestría. Estaba solamente contemplándolos así que retirarme era lo más prudente.
Se veía muy linda ella con sus botas enormes, me acerqué con ella para despedirme, realmente me importaba despedirme de ella para darnos nuestro abrazo de navidad, no me importaban los demás. Cuando me acerqué a él; a su “no-novio”, sólo apresté a darle la mano.
Lo que más adelante sucedió está contado en el presente blog. Era el comienzo de mi derrota sentimental, del quiebre de mi corazón y de la nostalgia peor. Un mes más adelante, ella y él; ellos, formalizaron su noviazgo. Mi derrota fue total desde antes que la conociera, no hubo oportunidad de operar ni tácticas ni estrategias. Sus estrellas de papel, su block de post-it escritas con bellas frases surtieron efecto en él. Y ambos corazones se pertenecieron en ellos.
Quién diría que era la primera y última vez que bailaría con ella. No cabe duda que siempre es tarde para mí.
Quino

Derechos Reservados © 2011; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.

sábado, 15 de octubre de 2011

Yo siempre quise piñata, pero no había pensado en una mesa para tres

Muchas veces lamento que en los cumpleaños de la infancia jamás tuviera una piñata que reventar.  Ahora entiendo, la situación tan precaria de mi familia impedía que festejaran los cumpleaños con tal elemento. Apenas un pastel, algunas veces horneado por mi mamá. Aunque, mi hermano, quien cumple años un mes después al mío, pero dos años mayor que yo, varias veces festejaron su cumpleaños no solo con piñatas, sino con invitados, comida de lujo como pizza (yo no probé una pizza si no hasta como los diez años) e, incluso, “mesa de regalos”.
No obstante, aquellos  cumpleaños en honor a mi hermano, no eran organizados por mi familia directa; lo organizaban la hermana y hermano de mi mamá, es decir, mis tíos. Mi hermano pasaba mucho tiempo en casa de mis abuelos maternos y eso le valió para ser muy consentido. En aquella fiesta, con mesa de regalos –sinceramente– envidié a mi hermano.
De todas formas, tener un cumpleaños con piñata creo que era lo que más quería y deseaba con ansias, y fueron muchas veces la que le pedía a mi mamá una piñata, pero me explicaba que eran muy caras. No había más remedio que resignarse, como muchas cosas más a las que me he visto obligado a renunciar. Nunca me prometieron una piñata y no hay más pena que sufrir (porque, también, recuerdo que mi mamá me prometió hacerme un avión con una botella y que me llevaría al aeropuerto a ver los aviones, y eso nunca lo cumplió, –al aeropuerto fui hasta hace poco, en el 2009­–. Por eso trato de no romper promesas, porque sé que duelen mucho si son incumplidas).
Una vez, acompañé a mi papá a San Juan Bosco –aun estaba pequeño, pero no recuerdo la edad– y en el mercado vi muchas piñatitas y le pedí una. Recuerdo que le argumenté que nunca me compraban una y yo quería una, la verdad estaba muy fea, pero algo tenía que me gustaba. Mi padre accedió a comprarla y, me parece, que costaba unos 15 nuevos pesos de aquel entonces.  Siempre que paso por aquél lugar recuerdo esa piñata que cuide muchísimo.
También, hace más de un año, conocí a una persona que se convirtió en mi amiga casi de inmediato. Ella estaba retratada con una piñata parecida a Sigmund Freud y era tan bonita que le pregunté donde la había conseguido y respondió que ella misma, con otros amigos de su facultad la habían elaborado. Fue tal mi encanto que le pedí que me hiciera una, claro que lo hice con tono de broma (aunque no sé). Guardé ese retrato sin el permiso de ella con la piñata Freud.
Sin embargo, la piñata sin celebración no era lo que buscaba. Hasta hace poco no entendía mi obstinación por tener una piñata en mi cumpleaños. Aquí la explicación:
1.       Casi nunca faltó un pastel en la mesa para celebrar mi cumpleaños, luego entonces todos nos reuníamos alrededor del pastel y apagaba la velita. El pastel, siendo mío, lo compartía con mi familia y demás presentes.
2.       La mesa de regalos que envidié a mi hermano no me causó más conmoción porque los regalos me dotarían de un beneficio exclusivo que no compartiría, en el momento, con nadie que alrededor estuviera.
3.       La piñata tiene el mismo efecto que el pastel, es un objeto que, aunque exclusivo para el festejado, al momento de reventarlo es compartido con los presentes.
Creo que por eso siempre quería pastel y piñata en mi cumpleaños. Yo me enseñé a compartir;  compartir los objetos, cualquiera que sea, o los momentos es algo que valoro muchísimo.
Me fui dando cuenta de esto hace poco que celebramos el cumpleaños de una amiga y nos tomamos una foto alrededor de ella con un pequeño pastel. Y esa foto era encantadora, no sabía el por qué su encantó y la analicé desde la perspectiva objetiva de un fotógrafo. Yo dije que esa foto era muy bonita porque todos mirábamos a la cámara excepto ella, que estaba ligeramente inclinada mirándonos a nosotros con una bella sonrisa.
Luego pasó mi cumpleaños y me regalaron un pastel de iguales dimensiones. Entonaron las mañanitas y yo estaba al borde del llanto, pero no se dieron cuenta. Creo que nunca había sucedido una celebración así de espontanea.  Allí me di cuenta que la foto de mi amiga era que alrededor de un pastel se reúnen las personas para compartir el momento. Ese es el misterioso encanto que la piñata también posee.
Ayer, 14 de octubre de 2011, un amigo me pidió que le ayudara a su novia con unos problemas de estadística. Ya le había ayudada con su estudio en cierta ocasión, así que no era nada raro. Preparé mis apuntes, estudié un poco recordando mis clases de estadística y preparé mi equipo de cómputo. Me quedé de ver con mi amigo, a las ocho de la noche, en una farmacia cercana para ir a casa de su novia.
Fuimos hasta la casa y ella salió con un abrigo y cerró la puerta. Ella vive cerca de la facultad donde estudiamos, me dijo que irían primero a un mandado. Y llegamos a un restaurant italiano que está justo al lado del parque Rehilete Alcalde. Es un restaurant que está escondido y que siempre parece como desolado. Ese lugar estaba en mi lista de los que tengo marcados como un lugar al que quiero ir y siempre que pasaba por allí, camino a la facultad, me decía: “un día comeré aquí con alguien especial”.
Ella, la novia de mi amigo, me dijo que solo preguntaría por algo. Yo supuse que comprarían la cena, pero no. Me quedé en el auto con ella y mi amigo fue a preguntar. Regresó y nos pidió que bajáramos. Entendí entonces que primero cenaríamos y luego estudiaríamos. No había como decirles que no importaba que cenáramos.
Finalmente, acepté cenar con ellos, ocupando la mesa para tres y me dijeron que la cena estaría dedicada a mí porque había sido mi cumpleaños. Sonreí y me sentí muy feliz, pero era demasiado lujo. La comida italiana estaba exquisita y, debo aceptar, que bebí un poco de vino tinto diluido en sidra. Yo, por ningún motivo bebo alcohol. Y sin embargo, acepté beber un poco para expresarles que estaba encantado con la sorpresa y no despreciaría nada –claro, a los tres sorbos no aguanté más y me pidieron una bebida de naranja y apenado debí aceptar que mi complejo y mi gusto puede más–. El ambiente tan cordial, nunca había ido a un restaurant con dicha simpatía. La música en vivo de un saxofonista reproduciendo tan bellas y románticas melodías. La noche, tal vez la primera noche que siento un ambiente tan divino; con mi amigo, su novia y yo en la mesa para tres.
La nuestra era una mesa con tres personas, a diferencia de las parejas que estaban alrededor, sentí un poco de nostalgia por no tener a la persona de la cual estoy enamorado. Pero era una mesa adornada de la base fundamental por la cual se sostiene el amor; por la amistad. Esa la hacía diferente a todas las demás. Era genial estar allí con ellos y compartir tan bello momento.
Posteriormente, me pidieron un pastel que me trajeron con en una copa y con una vela encendía. Dios mío. Previo, el saxofonista había dejado de tocar y vi que se acercó a nuestra mesa, pero no le di importancia, preparó una partitura. Yo, en tanto, estaba dando mi punto de vista ñoño y especializado de un suceso político. El saxofonista comenzó a tocar y reconocí las nota de un feliz cumpleaños, y los meseros, con el jefe de meseros, se acercaron a nosotros y entonaron las mañanitas. Las otras parejas, desde sus mesas, voltearon a nosotros, y cuando  terminó aplaudieron.
Yo estaba congelado y con las emociones desbordadas. Nunca me había sucedido eso. Mientras aplaudían me acordé de un viejo chiste italiano –no sé porque me acordé del chiste– donde el fascista, desde el balcón del poder, deja que el pueblo lo aplauda a diferencia del estalinista, con menos carisma, que se aplaude así mismo. No sabía si aplaudir con ellos para compartir los aplausos, pero lo hice un poco, sólo hasta el final.
No sabía qué hacer, nunca había tenido tanta atención, incluso cuando en un evento político tuve que hablarles a las personas reunidas en una plaza, pero en ese momento no tenía palabras para expresar lo que sentía. Tan feliz, el momento más feliz en el abismo de mi triste historia de amor, en la claridad de la amistad en mi ciega existencia.
Tengo los amigos más maravillosos, yo espero corresponderles del mismo modo. Esa es la piñata que mucho quiero, esa es la piñata metafórica para mí. De aquella piñata que, aún invisible, hace posible reunir a la familia y amigos –incluso extraños, como aquellos meseros en aquella mesa para tres– alrededor para compartir el momento. Ahora, cuando esté triste pensaré en estas piñatas metafóricas.

Quino



Derechos Reservados © 2011; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.

martes, 6 de septiembre de 2011

El seis de septiembre fue…

Pediré un deseo (sé que no se cumplirá). Me gusta estar enamorado pero; ojalá la luna pueda salir sin ti.


Quino


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sábado, 21 de mayo de 2011

El fundamento de mi felicidad

“Corazón apasionado disimula tu tristeza
 no disimules tu felicidad”
Canción popular de la Revolución,
levemente modificada

En el último mes tuve al menos dos fuertes crisis sentimentales. Ciertamente las he tenido otras veces, pero esta vez fueron diferentes. En la primera crisis del mes, hice lo que nunca había hecho; acudir a mis amigos, a un par de ellos particularmente. En la segunda crisis, en menos de una semana de la anterior, la tuve en presencia de la persona que es fuente de mis más bellos sentimientos.
Nunca había expuestos mis sentimientos a ninguna persona, salvo esporádicos momentos, pero nunca al borde de la locura y del llanto. Fueron un par de amigos de la facultad quienes me escucharon y se percataron de lo que me sucedía. Los dos coincidieron en una cosa; nunca me habían conocido enamorado. Supongo que creyeron que esto era imposible.
Luego, algo me sucedió que terminé por derrumbarme frente a la persona que quiero como algo más que amiga. Los detalles salen sobrando. Sin embargo, el peor momento de debilidad sentimental frente a ella fue sanado por ella misma. Ella me sacó del lapsus sentimental en el que me ahogaba. A los ojos de un observador externo no hizo mucho, pero significó tanto para mí.
Solo hasta ese momento me di cuenta de lo que mis amigos; al menos tres de ellos me había dicho con anterioridad y que puedo resumir en dos premisas:
1)      El amor es un sentimiento muy bello que no es causa de sufrimiento porque sus efectos contrarrestan todo sufrimiento.
2)      La felicidad es un estatus de voluntad, uno escoge ser feliz porque el sufrimiento se manifiesta en dos formas: Una externo que no se puede controlar y la otra que es producto de la voluntad. He allí el por qué la elección entre felicidad y sufrimiento (El jurista italiano Luigui Ferrarjoli recuerda el ensayo de Salvatore Natoli quien diferencia el dolor sufrido y el dolor infligido).
Ese mismo día concluí estas dos premisas y, con trazos temerosos, dibujé una sonrisa en un post-it que representa mis bellos sentimientos y, en consecuencia, de mi felicidad como recuerdo del pacto celebrado entre mi persona y dichos sentimientos.
Soy feliz porque elijo serlo y sobre todo porque la persona -causa de mis más bellos sentimientos- es el fundamento de mi felicidad. Pero de ninguna manera es un pacto de sujeción autoritario -como la fórmula política de Thomas Hobbes en el Leviatán- dado que surge de mi voluntad y no es producto del miedo o de una amenaza a mi existencia, en ese caso sentimental. Sencillamente me gusta tener estos sentimientos y sobre todo que ella sea la causa que los provoca.
No necesito comprobarlo más. Cada vez que la recuerdo, es decir, en todo momento o cada vez que la saludo, en el momento en que cruzo alguna mínima interacción con ella; desde lo más profundo de mi alma, me invade una felicidad enorme.
La quiero mucho y se lo estaré demostrando
No solo siento, también quiero sentirlo, más que nada quiero y siento
Quino

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