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martes, 25 de febrero de 2014
domingo, 2 de febrero de 2014
miércoles, 15 de enero de 2014
Me alucinaste
“…no se puede cambiar de corazón
como de camisa sin perder la sonrisa…”
Andrés Calamaro* (Upps!)
Alucinaste que rasuré mi bigote de los cuarenta, porque me di cuenta
que ni así te fijaste en mí, a seis días de haber acordado que saliéramos de
nuestras vidas y que deseaba no volverte a encontrar, a seis días de que nos hubiéramos
visto en persona, de que te hubiera prometido que me quedaría contigo y me portaría bien para
compartir esta ciudad. Para haberte encontrado cuando subías las escaleras
mientras yo subía por la rampa, dirigiéndonos al mismo punto donde quizás nos encontraríamos los
tres, hubiera tenido que salir de mi casa a las ocho de la mañana de aquel
jueves para dirigirme a la facultad, hubiera tenido que ir de biblioteca a la
calle, de la calle a la biblioteca, de la biblioteca a las ventanillas de
control escolar. Hubiera tenido que encontrarme a uno de nuestros amigos y que comenzara
a hablar de ti, de él, de mí, de nosotros, de por qué nunca asisto a sus
reuniones, o de por qué no fui a tu examen de posgrado o de que te verá en unos
días y esperaba que fuera con ustedes.
Para haberte encontrado en aquel lugar, en el momento justo, hubiera tenido que enredarme en
palabras para evitar contestar esas preguntas que me causaban tristeza. Hubiera
tenido que ir de nuevo a la biblioteca, asistir a una chica en su tesis, y
decidir que esa jornada en la facultad había de terminar. Hubiera tenido que
decidir dirigirme al tren ligero para así subir por la rampa y en medio del
tramo detenerme.
Para encontrarte en ese punto, nuestros pasos debían estar finamente
sincronizados para evitarnos. Detener el curso del destino, como un ejemplo más
de que las cosas no pasan por que así lo evitamos. De que nuestras miradas deberían
estar sincronizadas para levantar la vista y tú girar la mirada a la izquierda
y yo girar a la derecha para reconocernos. Me hubiera quedado helado con la
emoción y la sonrisa que, a pesar de todo, siempre florecía en mí cada vez
que te veía, pero encontrarte allí, en ese
momento, con él detrás de ti, siguiéndote. No te hubieras detenido por mucho
tiempo porque él te hubiera alcanzado y habiendo girado su vista hacía donde
veías, seguiste su camino. Aunque sincronizados nuestros pasos y nuestra vista
en la intersección de nuestros caminos, no obstante, eran nuestras vidas las
que se bifurcan.
Porque los hubiera seguido. Hubiera estado a unos metros de ti logrando
escuchar tu vos por última vez frente a la cafetería, te hubiera alcanzado la
mano frente a las bancas que por un año procuramos para la clase de estadística,
justamente allí cuando pensé por primera vez, antes de tu examen en diciembre
de 2010, decirte lo mucho que me gustabas, lo especial que comenzaste a
significar para mí cuando te quejabas de una persona que parecía no darte importancia, la misma que caminaba cerca de
ti aquel jueves en que me alucinaste en la rampa mientras subías las escaleras.
Te hubiera pedido hablar contigo, disculparme que las últimas palabras
que te habían escrito fuera un “cállate”, un “cállate” que no sólo escribí, lo
pensé y lo dije, porque no podía soportar más que me dijeras que sí me llegaste
a querer. Y sin embargo, me hubiera ido corriendo para alcanzar el tren. Hubiera
tenido que correr como loco huyendo de nadie, sino de mí, a vigilar el desierto donde espero encontrarte
para mí, donde sólo mi lucidez puede encontrarte; en mi imaginación.
Me alucinaste, sí, porque la única ironía es que me busques sin que
pienses quedarte conmigo y, aun así, extrañarte todavía.
Joaquín
Derechos Reservados © 2014; Ley Federal del Derecho de
Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma
ley. Estados Unidos Mexicanos.
miércoles, 20 de febrero de 2013
sábado, 1 de septiembre de 2012
Por qué tenía duda de una “coma” en el poema de Benedetti
Me invitaron a una graduación la semana pasada. La persona que me
invitó me había asistido en mi trabajo, es una mujer simpática y bien decidida.
En la segunda quincena de junio, ya no se presentó a asistirme. Por dos días me
quedé en silencio, es decir; no la busqué, sólo le seguía enviando
instrucciones hasta que me mandó un mensaje al celular diciendo que estaba en
una ciudad del sureste mexicano. Atravesó el país para verse con su esposo. No
regresaría hasta su graduación y tuvo a bien de invitarme la misa y a la cena
de gala.
Preguntó que si tenía a quién llevar, respondí que iría sólo. Ella
contestó: “qué aventado”. Llevé mi cámara y mi tripie para regalarle una sesión
de fotos con ella, su esposo, su familia, sus amigas y su graduación. Por un
momento olvidé la razón por la cual no me gusta ir a esos eventos. Todos
llevaban pareja si no sentimental al menos para conversar. Me la pasé en un
rincón de una mesa sin pronunciar más palabras que: “me trae un seven con poco hielo”. Hubo un instante
en que me comuniqué, vía mensaje de celular, con la mujer que quiero, pero
cuando le dije en qué situación estaba, sólo me dijo que era bueno para conocer
a más personas y deseó que me divirtiera sin volverme a contestar.
Era en medio de la madrugada y me daba pena moverme, esperaba que
nadie notara mi presencia. Incluso posé mi cabeza en la mesa y me cubrí con mi
saco para que creyera que se me habían pasado las copas. En cierto momento, mi
anfitriona me pidió que me uniera al grupo donde bailaban en conjunto. No pude
negarme debido a que me tomó de la mano y me llevó. Sin embargo, luego se quedó
bailando con su esposo y me vi sólo en la pista de baile. Regresé a la mesa.
Posteriormente, noté que en la mesa de adelante había una joven mujer
que miraba el baile. Hice memoria y determiné que pocas veces se había movido
de su lugar. Le presté más atención. Noté que ella seguía con la mirada a un
amigo de mi amiga. Entre nuestras mesas estaba la de él, donde tenía a cuatro
jovencitas que sacaba una a una a bailar. Ella es Liliana (no es su nombre real).
En una ocasión la conocí y el chico que miraba le gustaba, lo sabía por mi
asistente. Tras de una hora de observar la manera en que ella miraba a él, me
di el valor de cambiarme de mesa. Total, su mesa estaba tan vacía como la mía.
La saludé y, no le pedí permiso para sentarme en su mesa, le dije que
le iba a hacer compañía. Ella agradeció con un gesto. Intenté sacar plática,
pero quedarme callado a su lado no resultó. Miraba fijamente la pista de baile
con sus ojos enormes y redondos. Su vestido era todo negro y su cabello también
tal que resaltaba su piel blanquecina. Ella es cristiana. Ocasionalmente
sonreía cuando pasaba el tipo que le gustaba, eso no lo había notado porque
cuando la observaba la veía de espaldas. Llegó una amiga de ella y fueron al
baño, ella dejó su bolso sobre la mesa en la cual sólo estaba yo. Me extrañó
que descuidara su bolsa. Regresó y su amiga fue a bailar y ella devuelta a su
silla.
Dejó caer sus manos en la mesa, sus dedos largos sin uñas pintadas
sujetaban la servilleta de tela que enrollaba frotando sus yemas como despejando
las ansias. Posó su codo sobre la mesa y en su palma asentó su barbilla y se
quedó mirando a la pista. Entonces actué. Tímidamente toqué su hombro con la
punta de mi dedo índice. Ella volteó sonriendo de inmediato. – ¿No bebes? (le
pregunté). – No. De inmediato tuve la necesidad de explicarme que no me refería
a si bebía alcohol, sólo que si no quería beber algo, pero su respuesta corta y
contundente me dio la confianza para decirle que tampoco lo hacía. Le dije que
iba a pedirle a un mesero un seven
con poco hielo.
Luego pasó algo curioso: Llegó otra de sus amigas y bebió de un termo
de plástico. Era curioso porque su amiga portaba ese termo mientras bailaba.
Seguramente tiene sed y quiere socializar bebiendo del recipiente de alguien
más. Sin embargo, su amiga me pidió que le pasara un refresco que estaba a mi
lado, entonces me paré e hice un ademán para decirle que yo le serviría y
aceptó. A ese mismo termo me dijo que le pusiera tequila. ¿Tequila? Se me hizo
tonto pensar en decirle que por regla personal no proveía de bebidas
alcohólicas, pero acepté servirle. Lo segundo que pensé es que minutos antes,
Liliana me dijo que no bebía.
Entonces, cuando su amiga se llevó el termo al baile, nos quedamos
sentados de nueva cuenta sin más personas que nosotros dos. Volví a entablar
una conversación. – Y,… tú ¿no eres abogada?. – No lo soy (sonriendo). – Ahh,
yo tampoco (y ambos sonreímos). Apartó un poco su mirada de la pista de baile. –
¿No bailas? – No, es que yo soy más de trova (mientras se escuchaba música de
banda), como Sabina, Milanés. – Qué bien, yo tampoco bailo, pero me gusta toda
clase de música excepto la banda y el reguetón, y (miré hacia la pista de baila
tratando de decirle, mira lo que ponen). Entonces le dije que a me gustaba Sabina
y Milanés, pregunté si conocía a Silvio y dijo sorprendida que sí. Le pregunté
por las canciones de Eduardo Aute. Ella dijo que no lo conocía. – No me digas
eso, le respondí, tienes que escucharlo, hay un disco que canta con Silvio. –
Vas a ver, sí lo voy a buscar. Regresó un poco la mirada cuando pasó a un lado
de nosotros el chico que le gustaba. Nos vio platicar, entonces se detuvo y le
ofreció de beber, pero ella no aceptó. Ella, Liliana, dejó de prestarme
atención. Se quedaron mirándose por unos segundos sin decir palabra alguna, mientras
los observaba.
Él le dijo a ella; – Ahorita bailamos, ¿no? En mi mente pasó decirle: –
¡No baila! Pero ella consintió con la cabeza. Era banda, ella le gusta más la
trova, entonces bailaría por la persona que la invitó. Eso no era racional.
Tomó la botella de tequila que estaba en nuestra mesa y la llevo a su mesa
sirviendo la bebida en los vasos de sus amigas que esperaban con él. Liliana
miró nuevamente y le dije que Sabina cantaba un poema de Neruda: “Amo el amor
de los marineros” y le recité un poco el poema, luego me dio pena seguir
recitándolo. Se quedó como sorprendida, le dije que el disco se llamaba “Neruda
en el corazón” y que cantaban muchos poemas de él, incluso había uno con
Venegas. – Busca esa canción en youtube, te va a gustar, sólo busca “Sabina” y “Neruda”
y te aseguro que sale. – Lo voy a hacer. Sinceramente, le dije eso porque ese poema
de Neruda estaba señalando su situación. Tras de decirle eso, llegó el chavo en
cuestión y la sacó a bailar. Noté que era cierto al menos que no le gustaba la
banda porque no sabía bailar. El intercambio de risas por no llevar un paso en
dicha danza lo revelaba.
Eran las cuatro de la mañana y la fiesta seguiría hasta las 8 de la
mañana, entonces, al ver que ella no quería bailar ni charlar conmigo, sólo
estar con él. Tomé mi tripie y mi cámara y me fui de allí. Para el momento no
funcionaba mi celular y no podía hacer una consulta. No podía determinar si el
fragmento del poema de Benedetti llevaba una coma, porque ese fragmento nos
explicaba a Liliana y a mí:
…
el corazón que aguarda pese a todo.
Quino
Derechos Reservados © 2012; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.
domingo, 5 de agosto de 2012
You should date an Illiterate girl
Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad
y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una
canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que
entiendes que las palabras son amor.
Charles Warnke
La siguiente entrada la escribió Charles Warnke. Me llegó a mi correo
un 9 de junio de 2011 de parte de una colega que vivía, en ese entonces, en
Monterrey. Mi colega y amiga tiene dos libros escritos y varios poemas que me ha compartido. No entiendo porque me comparte sus poemas, si desde que estaba en la preparatoria (valga la redundancia) enamorado, como
siempre; un amor imposible, no me he atrevido a escribir algún verso para no
representar mi cursilería en los estrados de mi vida. Cuando recibí el correo,
me quedé maravillado tal como lo sigo estando. Warnke, es un escritor joven,
más joven que yo, aunque yo no soy escritor, pero su prosa me encantó y,
contrariamente a lo que hago con las cosas que me gustan, no lo compartí con
nadie. Con nadie excepto con la persona de la cual sigo enamorado.
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A ella le gustó, según me escribió en respuesta al reenviarle el
correo de la prosa de Warnke. Ella respondió que agradecía enormemente dicho
correo. Tal como se lo había explicado, la lectura me había hecho pensar en
ella, más de lo que ya pensaba. Había leído, con Warnke, el fundamento del amor
que siento por ella. Encuentro una manera hermosa en ella cuando escribe (y
cuando se expresa en su lírica). Leí su belleza en las letras de esta mujer, de
mi amiga cuya amistad depende de que mis sentimientos encuentren sepulcro en mi
alma.
Sal con una
chica que no lee (Por Charles Warnke)
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa
mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de
borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la
encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca
incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con
trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe
para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado
por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y
deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto
que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que
todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el
amor. Tíratela.
Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con
ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre
intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un
muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado
y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan
demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que
pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y
déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita
cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito
moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.
Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario
habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que
se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y
asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al
mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas
se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los
que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto
de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha
importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca
hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera
en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata
de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en
una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta.
Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho
pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la
sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo.
Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado
cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión
que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que
ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de
amar.
Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una
chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que
una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz
de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que
analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad,
en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de
un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de
quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la
ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un
truco barato.
Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le
ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero
predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el
flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído
sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en
la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un
episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo
cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya
empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su
vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su
camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una
vida bien vivida.
Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la
importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos
picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya
pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la
chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda
en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de
tristeza.
No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar
historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca,
o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de
un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida
tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la
ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es
magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y
el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no
soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con
alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este
escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida
que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el
siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio,
de verdad te odio.
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y
que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados.
Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde
los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en
su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que
siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio
cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo
las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora.
Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están
amarillas.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo
mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha
adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está
absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a
su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la
mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el
libro que tiene entre las manos.
Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua
si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para
parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.
Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su
cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien
sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y
hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es
consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras
va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si
lo hace.
Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de
mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz,
diálogo; no será el fin del mundo.
Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo
tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de
escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una
y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que
durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.
¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que
las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela,
excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.
Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a
las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho,
prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un
par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del
libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un
concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la
próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.
Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha
estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la
historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros.
Ella les leerá a tus hijos The Cat in the
Hat yAslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los
inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro
mientras tú sacudes la nieve de tus botas.
Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer
capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para
darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor
estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a
salir a una chica que lee.
O mejor aún, a una que escriba.
http://thoughtcatalog.com/2011/dont-date-a-girl-who-reads/
Quino
Derechos Reservados ©
2012; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°,
5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.
viernes, 15 de junio de 2012
Sé que soy un idiota... nunca soñé con quererte.
"Mi Amiga" por qué no sólo...
Te espero
Te espero cuando la noche se haga
día,
suspiros de esperanzas ya perdidas.
No creo que vengas, lo sé,
sé que no vendrás.
Sé que la distancia te hiere,
sé que las noches son más frías,
sé que ya no estás.
Creo saber todo de ti.
Sé que el día de pronto se te hace
noche:
sé que sueñas con mi amor, pero no lo
dices,
sé que soy un idiota al esperarte,
pues sé que no vendrás.
Te espero cuando miremos al cielo de
noche:
tu allá, yo aquí, añorando aquellos
días
en los que un beso marcó la
despedida,
quizás por el resto de nuestras
vidas.
Es triste hablar así.
Cuando el día se me hace de noche,
y la luna oculta ese sol tan radiante,
me siento sólo, lo sé;
nunca supe de nada tanto en mi vida,
solo sé que me encuentro muy sólo,
Y que no estoy allí.
Mis disculpas por sentir así,
nunca mi intención ha sido ofenderte.
Nunca soñé con quererte,
ni con sentirme así.
Mi aire se acaba como agua en el
desierto,
mi vida se acorta pues no te llevo
dentro.
Mi esperanza de vivir eres tú,
y no estoy allí.
¿Por qué no estoy allí?, te
preguntarás...
¿Por qué no he tomado ese bus que me
llevaría a ti?
Porque el mundo que llevo aquí no me
permite estar allí,
porque todas las noches me torturo
pensando en ti.
¿Por qué no sólo me olvido de ti?
¿Por qué no vivo sólo así?
¿Por qué no sólo...?
Mario Benedetti
miércoles, 16 de mayo de 2012
jueves, 29 de marzo de 2012
Así te amo (Soneto XVII)
Si hubiera un poema para describir mi situación, no la de hoy, sino todas las veces que me ha ocurrido, seguramente este es un poema cuya inspiración fui yo ex-post y me describe cabalmente. Así me veré siempre diciéndole: “te amo como se aman ciertas cosas oscuras, / secretamente, entre la sombra y el alma” del mismo modo como “la planta que no florece”. Latente amor cuyo destino es un lecho de rosas mortuorio. ¿Por qué siempre me sucede esto? ¿Por qué me he de fijar en un corazón enamorado?
No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.
Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.
Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,
sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.
Pablo Neruda, 1959
Quino
Derechos Reservados © 2012; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.
domingo, 29 de enero de 2012
Conversación entre una ñoña y un ñoño
Hace unos días salí a la Ciudad de México para asistir a un curso, en la Universidad Nacional Autónoma de México, que impartiría el co-director de tesis doctoral de una amiga ñoña. Debo decir que fue la primera vez que salí de viaje con una mujer; una mujer ñoña. Fue divertido viajar con ella porque pasé tiempo viendo películas en el autobús. Mientras yo me iba disponía a leer ella sugirió disfrutar de la película y, sinceramente, no me arrepentí porque me reí como loco viendo la película de “La familia de mi novia 3”, además vi por primera vez una película de Woody Allen cuyo nombre no supe, pero se trataba de algunas frustraciones laborales de un escritor; la (des)ventura de un viejo que no quería envejecer; la esposa del escritor que quería tener su propia galería sin enamorarse en el intento; la esposa del viejo que se entretenía con una vidente buscando un amor que compartir. En fin. En realidad, también la acompañé porque tenía que ir a cierto organismo central electoral.
Entre muchas conversaciones que tuve con mi amiga ñoña, la siguiente es una de ellas que tuve acerca de una mujer (no tan ñoña, sino más bien lista en los negocios) y otro amigo ñoño:
- Tú que pensarías si te digo que mi amiga ha salido con todos mis amigos que le presento.
- ¿Qué diría yo?, ¿Tengo que decir algo al respecto? No entiendo qué, diría que es muy amable.
- Mmm, a ver, ¿tú también?
- Yo también qué.
- Es que le digo a Harold que no se emocione con mi amiga porque ella suele ser muy cariñosa y con ello saca ventaja para que los hombres, mis amigos, crean que pueden ser algo más.
- ¿Cómo?
- Ayy Quino, no manches, tú también.
- Yo también qué (con cara de frustración).
- Mira, Katy suele hacerte así (me toca el brazo como acariciándome) pone su cara de niña buena y te dice - “se me antoja esto y esto otro”. Y todos mis amigos piensan que ya se la van hacer novia, caen redonditos y ahí están tras de ella comprándole e invitándole cosas.
- Pues no funciona cuando somos ñoños (la verdad mi argumento era débil si conociera más mi historial sentimental). Tú me la presentaste y ¡yo! no “salí” con ella.
- Cómo no, sí la invitaste a “salir”.
- No, no la invité a salir (con cara de extrañado y mi amiga se me queda viendo incrédula). Qué ¡no! la invité a salir.
- La invitaste un café.
- No la invité un café, me quería vender una “Inversión”.
- No importa, le pagaste el café (yo riéndome).
- Eso no es “salir”, me quería vender algo (me interrumpe) - los que te quieren vender algo siempre te invitan las cosas Quino.
- No es que Katy se quiera aprovechar, pero como ve que mis amigos se pasan de “buenos” (creo que quería decir estúpidos), ella saca ventaja de su toque femenino.
- A ver, ¿me habías contado que a Katy la conociste porque fue novia de un primo tuyo?
- Sí.
- Me habías dicho que tu primo la había tratado muy mal, habían durado alrededor de 4 años de novios y, aunque se la llevaba muy bien con tu familia, tu primo la traía como un llavero en el bolsillo. ¿Cómo es posible que una mujer, que sufrió de esa manera, puede aprovecharse de otros hombres?
- Pues créelo, así es ella, así son las mujeres, así somos. Por eso le digo a Harold que no se ilusione.
- Pero su vida pasada puede indicar lo contrario.
- Hay Quino (pegándose en la frente como diciéndome, qué estúpido eres).
- Cuando se está enamorado dejas que sucedan muchas cosas que te hieren, pero aún así sigues en la relación.
- Ahhh. je ne comprends pas; I don't understand. Entonces, ¿nacen o se hacen?
- Nacemos (riéndose despiadadamente).
- Mmm, yo no haría eso.
- No, claro que no, porque eres hombre.
- Entonces, Harold, está en peligro.
- Sí, ella no quiere nada con él y Harold no quiere hacerme caso o no me entiende.
- Yo no te hubiera hecho caso, creo que nosotros, los ñoños, es la única forma de acércanos con una persona del sexo contrario. A mí no me gusta Katy, es muy linda y simpática, pero cuando platiqué con ella, no me gustó su forma de pensar. Me platicó de la forma en que compró su primer coche, que fue de agencia, todo por su habilidad en los negocios, hasta ahí estaba bien, no siempre conoces a alguien que en la prepa ya tenía un coche sin que nadie le ayudara y, sobre todo, viniendo de una familia humilde. Mientras ella me hablaba de las cifras que podía invertir y cómo su empresa lo haría. Yo le contesté con mi discurso común de teoría política y vida cotidiana. Le respondí -como en un debate- que no me estaba vendiendo una inversión, sino un seguro contra la incertidumbre de la economía de mercado y… (me interrumpe de nueva cuenta).
- Pero le pagaste el café.
- No tomé café, tomamos limonada natural (y seguí caminando con mi amiga ñoña hasta la biblioteca de la UNAM, pensativos).
A Harold lo conocí en un debate; el estaba a favor de la interrupción del embarazo y yo contra él. Y siempre que lo veo platicamos de política y del avance de la física. Está por comenzar el doctorado en física y ha estado en Massachusetts Institute of Technology y pronto en una conferencia en Bélgica. Siempre creí que Harold no lidiaba con estos problemas del corazón, de los sentimientos no correspondidos. Debí darme cuenta, él se parece tanto a mí: guarda todos los recibos de compra; apaga con el pie las colillas de cigarro cuando las ve en el piso encendidas; le gusta la política y la física; no fuma; no bebe alcohol; mantiene el orden en su habitación; siempre planea sus rutas -tiempo y distancia- antes de salir; siempre compara los productos que va a comprar (cerciorando donde fueron fabricados o ensamblados, evaluando si en dicho lugar no explotaban personas, verifica si tiene la Norma Oficial Mexicana, entre otras cosas similares); evalúa la necesidad de comprar productos suntuarios; se desinfecta a sí mismo y las cosas que utiliza; se lava las manos antes y después de utilizar el transporte público o cosas que están al alcance de todo mundo.
Pero tal vez él se hace más responsable de sí mismo, disfruta su tiempo libre: va al teatro, al cine, a comer, a los conciertos, viaja solo sin que le importe si alguna mujer acepta acompañarlo a esos lugares. Debería aprender de su actitud y dejar que la soledad me acompañe. En fin, ojalá algún día ya no me importe la compañía de nadie.
Quino
Derechos Reservados © 2011; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.
viernes, 7 de octubre de 2011
El profesor
El cielo avispado de tormenta, trazos de nubes temblorosas llorando al suelo, el aire frío que baila con los árboles, la opacidad de la luz compitiendo con las luminarias cansadas de esclarecer lo que a nadie le importa, pero dentro del salón de clases la inconsistencia del silencio que resalta el sonido del trazo de una tiza. El ambiente agitado del exterior golpea los ventanales, aun así, los alumnos atentos a la mímica de las explicaciones del profesor.
Por veinte minutos más; el sonoro silencio de la hipocresía, el dolor inexplicable en el vacío idílico de un alma cuyo reflejo se proyecta en el día, tormenta interior de un corazón deshecho condenado a seguir latiendo. En los confines de la soledad, azota la desbandada de un firme deseo que encuentra sepulcro entre las venas ardientes de la pasión resignada.
Por fin. La clase termina con la promesa de hacer las investigaciones pertinentes para el desarrollo del trabajo. Habiéndose mantenido de pie, para la exposición de la clase, el profesor levanta su saco de una silla, pone una manga y, con la otra mano, toma sus libros poniéndolos debajo de su brazo en tanto coloca la otra manga. Se acomoda la corbata y sale a paso firme en línea recta.
Dentro de su cubículo, reposa un momento sentado en el sillón. Mantiene su mirada al piso pensando en la exposición de la clase. Evoca los comentarios de los alumnos que lo hacen dudar de sus proposiciones, pero ordena su pensamiento sosteniendo su tesis. Retoma sus afirmaciones. Se levanta. Se dirige con las secretarias despidiéndose alegre y dolorosamente. Las últimas palabras que cruzará por hoy. Toma su bicicleta y emprende su trayecto a su apartamento.
Pasea su vida por las calles tupidas de personas, y con él, el inconsolable amor, el rescoldo de un sufrimiento desesperado del anhelo de un no saber: esperar u olvidar. Inevitable, tonto y amargo sueño de un amor inalcanzable. Festejo continuo de un drama que no encuentra ruptura temporal y sostiene rodando como la llanta de su bicicleta. Contempla el sacrificio del deseo en el abandonado sepulcro. Avanza como buscando una mirada que lo comprenda, pero su mirada queda en la robinsonada del exilio sentimental. Solo queda admirar el amor que no tiene y se limita al silencio y ruidoso tormento de soledad. Un gesto amable para ahogar su condena.
Llega a su apartamento y coloca la bicicleta. Pensó todo sobre la sátira de su vida, repasó los lugares donde vio la sonrisa de aquella mujer partir con su decisión. El amor: tan hermoso y egoísta precipita a la debilidad del profesor, lo conduce a vivir en un mundo que no entiende. Toca su puerta (se engaña a sí mismo que alguien lo recibirá). Enciende el radio en la estación de los valses clásicos que sólo los viejos escuchan, encuentra en la nostalgia un tiempo presente.
Recuerda la sentencia de aquella mujer: “algún día te miraran con amor”. Noble promesa insensible, sarcástica, ilusa... El mismo patrón de su vida sentimental, el argumento de la resignación, la historia cíclica de su vida personal. Todas las promesas pendientes en la tregua permanente (involuntaria, impuesta) de no luchar por el anhelo que descansa ya el sepulcro entre venas ardientes de la pasión resignada.
Mira su librero; Sócrates, Platón, Aristóteles, Marsilio de Padua, Maquiavelo, Lutero, Hobbes, Locke, Kant, Rousseau… y, su autor favorito, Norberto Bobbio. Entre aquellos libros, toma una libreta. En ella contiene las claves de sus cuentas personales; bancarias y de comunicación electrónica, así como direcciones y teléfonos de sus amistades cercanas (cuando tenga que partir de este mundo espera que alguien encuentre dicha libreta y cancele o desactive las cuentas. No quiere dejar ni el más mínimo rastro de su fatua existencia que evoque la soledad). Anota algunas cosas en la libreta, posteriormente, la hojea y mira la primera página, repasa lo que está anotado; dos versículos (Mateo 20: 25-28 y Lucas 6: 43).
Mira por la ventana la opacidad del cielo entrada la oscuridad de la noche. Restan las estrellas en el firmamento, allí están pero no brillan ni tintinean; es la opacidad de su penumbra sentimental. Abajo, las personas caminan como sin sentido, todas tienen a donde llegar en el cálido sueño de quien los espera en un hogar. La nostalgia lo corrompe y pega un golpe, con su puño, en la ventana. Contempla, desde el balcón, la fugacidad de la noche y la vida que se apaga.
Quino
Derechos Reservados © 2011; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Para responder qué sucede; mirar hacia atrás
Desde pequeño, o mejor dicho; desde que tengo memoria, veía cosas que otros más parecían ignorar. Había ciertos casos que percibía y me cuestionaba. Recuerdo estar en la Plaza de la Bandera –donde mi papá solía citar a mi mamá a comer–. Yo jugaba entre los árboles que tienen forma de animales, corría entre ellos y saltaba de las jardineras y abrazaba a mamá mientras ella esperaba. Al llegar mi padre, comíamos unas tortas que mi mamá había preparado en la casa.
Me parece que aquella vez fuimos a los saldos de la zapatería CANADÁ (también era el punto de reunión cuando asistíamos a ver la Lucha Libre). Al retirarnos, me di cuenta de una niña vestida en harapos, piel blanca, de cabello castaño, mirada bonita y su cara sucia. Sostenía una caja con dulces que tenía a la venta. Los vendía cada vez que el semáforo detenía el tránsito de Revolución. Habría tenido más o menos mi edad; lo infiero por la estatura y, recuerdo muy bien, aquellos ojos grandotes y redondos que no he olvidado. Nos miramos. No le pude sonreír ni ella a mí. Sólo nos vimos como midiendo las diferencias entre nosotros.
Vivíamos en la misma ciudad, teníamos la misma edad, ella era niña y yo niño. Aún así éramos abismalmente diferentes. La mayoría de mi ropa mi mamá la confeccionaba con sus propias manos, alguna otra la compraba de segunda, en navidad la compraba a crédito en La Surtidora. Mis juguetes los compraba en el Baratillo. Ignoro sí esa niña tenía siquiera alimento caliente. Ignoro sí tenía sonrisas. A penas unos segundos nos vimos y casi podría pararme en el mismo lugar donde la vi aquella tarde, hasta podría reconocerla. Muchas veces pienso en ella. Pero esos rostros no eran los únicos que veía a menudo cuando salíamos a pasear al centro de Guadalajara. Supongo que me impactó ver en esa situación a una persona que podría ser yo. De esa exclusión social no soy ajeno. Nunca lo he sido. Es un golpe tremendo cuando los veo.
Siempre me acuerdo de una escena en las noticias de ECO, recuerdo que la nota era de una mujer que estaba en una cabina de teléfono y fue baleada por alguien. Recuerdo también, una mañana de sábado en misa de la doctrina, el padre nos contaba sobre la guerra, no sé cual guerra. Regresé a mi casa y, mirando al cielo, temía que cayera una bomba de esas que decían en las noticias. Me acuerdo que llegué, subí al cuarto de mis padres, me dirigí al balcón, donde está la máquina de coser que mi madre usaba para elaborar nuestra ropa, y me quedé debajo de la máquina. Estaba asustado, muy asustado.
Otro episodio en mi vida fue cuando se pelaron unos borrachos frente a mí casa. Tendría unos diez años. Aun lado de la casa se expende cerveza. El marido de la hija de mi vecina se peleó con quien estaba emborrachándose. La hija de mi vecina salió a defender a su marido, pero llevaba consigo a su pequeña. Estaba mirándolos desde el balcón y me sorprendí cuando mi hermana, un año mayor que yo, salió de la casa y, quién sabe cómo, le arrebató a la pequeña y se metió corriendo a mi casa. Entonces me asusté y corrí hacia ellas. Lejos de ver una hermana valiente ella estaba llorando. Alcanzamos a cerrar la puerta cuando otro borracho se acercó y golpeó la puerta con un machete y dio un grito. Nos refugiamos en la cama de mis padres. No lloré pero estaba muy furioso, sentía mucho coraje.
Nunca fui valiente, ni siquiera tenía muchas fuerzas, al menos eso creía. Al entrar a la secundaria me enfrenté con nuevos compañeros que me hicieron la vida escolar insoportable. Casi todo el año escolar era víctima de insultos, burlas y golpes. Un día, un compañero se burlaba de mí señalándome con su dedo. Los dos estábamos sentados, lo ignoré un momento hasta que me hartó y tomé su mano, estiré todo su brazo, mientras seguía sentado y levanté mi pie hasta darle una patada en su costado. Todo mundo volteó a verme y hasta el mismo silencio calló. Recuerdo que se quejó mucho de mi golpe, incluso llegué a sentirme mal por un momento. Fue como una semana que infundí respeto, pero la violencia trajo más violencia. Había un equilibrio de fuerzas entre los más fuertes del salón y yo. De cierto modo era un entretenimiento, nos perseguimos en el recreo y nos propinábamos golpes, lo llegué a ver como deporte, aunque ellos cargaban su persecución con insultos. Yo sólo me defendía y llegué a defender a otras personas.
Ahora ¿qué sucede? La violencia hace presa a todos en este lugar. No son las naves que dejan caer mortales bombas en países del este europeo o en la guerra del Golfo Pérsico, no es en Sarajevo ni es Gaza. Aquella violencia que veía con la exclusión social, que veía en las riñas de borrachos, que sentía en las ofensas de mis compañeros de la secundaria está magnificada en la ciudad donde vivo. No es “allá, muy lejos”, es “aquí, muy cerca”.
La vida es sagrada. Cualquier vida. Nunca me ha sido ajena la violencia. Nunca me sentí indiferente ante las heridas, el asedio o los insultos. Daría mi vida por un mundo mejor; con paz, con inclusión social. Calderón dice que el narco hace uso de actos terroristas, Porfirio Muñoz Ledo dice que no es terrorismo porque no está presente una ideología y una intensión de transformar las instituciones del Estado. Creo que se equivoca Muñoz Ledo. Son actos de terrorismo porque las acciones del narco se fundamentan como un medio de propaganda. Su propaganda está fundada por una ideología; la del dinero fácil, a su vez, motivada por una base social que ha visto en el narco un modo de vida. Claro que pretende modificar las instituciones del Estado para procurar la existencia del narco.
Exclusión social, económica y política de millones de personas, como aquella pequeña niña harapienta de mirada bonita, de ojos grandotes y redondos. La puerta falsa de salir de la realidad llevando al extremo los placeres como aquellos borrachos que se peleaban frente a mi casa. El anhelo de la dominación como mis compañeros de la secundaria que trataban de dañarme. Todo eso fue la tragedia anunciada de mi país. El caldo de cultivo perfecto para una cultura de la violencia generalizada.
El Estado (¿qué Estado?). El Estado ausente, aquí no opera el Estado. Aquella organización política que debía proteger los derechos de sus ciudadanos fue el primero en abandonar la plaza y abonarla para la violencia. Hizo de los excluidos el capital social de la violencia. El Estado no está allí para retraerse, el Estado tiene una función social cuya actividad no es exclusiva de la seguridad pública. El Estado no debe ser limitado en cuanto sus funciones sociales de protección de la vida, sino debe abarcar la acción inmediata de sostener la vida, una vida digna de ser vivida.
La paz no se garantiza por medio de las armas, ni por la sangre de las vidas culpables o inocentes. Amor, hace falta amor a la vida, a cualquier vida.
Quino
Derechos Reservados © 2011; Ley Federal del Derecho de Autor: véanse en especial artículos 3°, 4°, 5°, 11, 12, 13 y 17 de la misma ley. Estados Unidos Mexicanos.
domingo, 10 de julio de 2011
Amanecer
Las flores se mecían en una caricia del viento y se notaban como las olas de oscuridad las azotaban, dejando el rocío del amanecer que se asomaba. Se inunda de luz la oscuridad con tumbos de amanecer. La maleza, las plantas, las hojas de los árboles -como recordando su color- se avivan en su pigmento mientras, somnolientas, se enderezan tras las caricias de las olas negras de oscuridad que abandona los campos.
La oscuridad comienza su retirada, ella se aferra de la sombras. No logra desprenderse de ellas pero se encoge y se cultiva en el suelo. Se revela un paisaje de pulcra serenidad. Un río asoma su movimiento, fluye hacia donde no sabe, pero fluye acompañando los pececillos y vacilante refleja el paisaje en su espejo de plata. El primer Sol se impone regando sus rayos que penetran la profundidad de un bosque denso, donde avivan los sonidos de los petirrojos, donde cruje la hojarasca tras los pasos de las creaturas. Una pequeña gota se desliza hasta la punta de la hoja de un roble y la gota cae con el suave viento que la envuelve. Alimenta la tierra negra de un entramado de raíces que soportan monumentos de seres vivos.
Pero la oscuridad emerger cuando el ocaso inclina sus rayos de luz como bracitos levantando una negra cortina. Pero hoy, la oscuridad se torna azulada por una Luna señorial que viste de brillo encomendada por el Sol. La engreída oscuridad se esconde entre las sombras nocturnas a sabiendas que debe su existencia por la ausencia del amanecer.
| Patrick Kennedy (USA, 2009): Amanecer de otoño en un bosque de roble en el noroeste de Indiana |
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