lunes, 19 de septiembre de 2011

Solamente

Hoy me di cuenta que nunca seré más que el buen amigo de cualquier persona. Me subí en un camión del transporte público y procuré buscar un asiento para poder leer. Era un asiento doble y me ubiqué de lado del pasillo. Pocas cuadras después, subió una muchacha muy bonita, no es que ande por allí mirando quien sube o desciende; mejor dicho, noté su presencia por ser una persona joven que ocupó los asientos reservados para adultos mayores, mujeres embarazadas y con discapacidad física.  Cierto es que son asientos preferentes, no exclusivos. Lo que hice fue moverme a lado de la ventanilla para ver si reconsideraba su ocupación en aquellos asientos.
El camión avanzó y la joven no reconsideró, al menos hasta que otras personas abordaron el transporte y subió un pasajero que lo necesitaría. Entonces sí, ella se levantó de su asiento y fue directo hacia el lugar que dejé libre para que, justo ella, lo ocupara. Sin descuidar mi lectura, noté su rostro muy pensativo. Sacó de su bolso una carpeta con hojas, pensé que se pondría a leer, pero tomó un block de Solicitudes de empleo y comenzó a llenar una de ellas. Me compacté más y alcé mis brazos para dejarle más espacio sin afectar mi lectura.
Leí su nombre y su apellido. Cuando llegó en el punto de anotar su CURP detuvo el llenado y se quedó quieta como pensando. -Apuesto que no sabe su CURP-, me dije a mí mismo. Saltó esos espacios y siguió llenando la información escolar, anotando solo los datos de la primaria. Y pasó a la siguiente hoja. Llenó los requerimientos y solo una referencia anotó. Sacó su celular y buscó algo. -Apuesto que no tiene más referencias-, volví a pensar.
Entre tanto, estaba con la idea de Hegel y Marx sobre la soberanía, era mi lectura para una clase de Cultura política. Era una lectura “auxiliar”, mejor dicho, que estaba haciendo para aportar mayores tópicos al debate. Un debate que resultó muy curioso y espero contar en otra entrada.
Entonces, parece que la joven mujer se desesperó; cerró la carpeta, y quedó con la mirada puesta hacia al frente, no realizó movimientos ni ademanes. Sólo guardó silencio. Me acordé de todas las veces que he conversado con extraños en el camión, por ejemplo; del señor que me platicó cómo era la ciudad antiguamente, de una jovencita que me preguntó por un botón que llevaba en mi mochila, del joven seminarista a quien iban a golpear al pretender dar un mensaje, de un ex-militar que me platicó de cuando estaba en la sierra de Guerrero cazando a Lucio Cabañas.  
Ahora, con esta joven mujer, al quedar impávida en el camión, pensé tantas cosas. Y podía decirle muchas cosas; que en la credencial de elector está el CURP, que podía darle mi tarjeta de presentación para ser un referente… y sentí la curiosidad de saber si conoce la Oficina Estatal de Empleo. Todo eso estaba pensando e interrumpí mi lectura, el caso de esta joven mujer era el caso de muchas personas en el país. Me sentí culpable, responsable de su situación.
Sentí la necesidad de decirle muchas cosas. Lo que pasó por mi mente es un dilema ficticio. Sentí mucha inseguridad. Ojalá que no haya notado que me puse nervioso, que dejé mi lectura y de vez en vez la reanudaba leyendo un renglón y abandonándola de nueva cuenta. Lo que pasaba por mi mente es la ficción de que si lo ofrecía mi ayuda ella creería que era para llamar su atención, quizás; sacarle plática para obtener su dirección, su teléfono, su correo electrónico  –los cuales leí en la solicitud de empleo que llenaba–. ¿Le hablo no le hablo?, ¿qué hago?, ¿me veré como un tonto, cómo un “interesado”?
El camión pasó la calle 56 y, entonces, tomé una bocanada de aire profunda, controlé mi nerviosismo, relajé mi voz:
-Hola, disculpa el atrevimiento.
-¿Sí?
-Va a buscar empleo, ¿verdad?
-Sí.
Ese par de respuestas tan cortas, el ceño de su rostro serio, incluso desconcertado, me hizo dudar de mi conversación y comencé a tartamudear un poco.
-Y, ¿ya va a algún lugar específico?
Ella meneó su cabeza asentando una afirmación
-A Dulces Vero- me dijo.
¡Dios! Eso era a menos de tres cuadras de donde estábamos, entonces se bajaría muy pronto.
-Y, ¿No ha ido a la Oficina Estatal de Empleo?
-No, no sé ni dónde está eso que dice.
-Ah, miré está en Paseo Degollado, no recuerdo el domicilio-, su desconcierto me indicó que no sabía cuál era esa calle tan turística en la ciudad. -Ubica el tramo de plazas que están entre el Hospicio Cabañas y el Teatro Degollado, por donde están unas ranas que arrojan agua, o si usted viene del Parque Morelos por la Calzada y sube las escaleras hacia una fuente que parecen una serpiente, donde hay un estacionamiento, y allí, sí hay una piedra con forma de cabeza de serpiente, donde están las personas que transcriben documentos en máquinas de escribir…
Dejé de enunciar los espacios característicos de la plaza al aproximarse su destino. Al fin le dije que fuera allí porque es un espacio donde puede encontrar muchas ofertas laborales, incluso, puede cobrar un seguro para seguir buscando empleo. Ella se quedó atenta escuchándome.
-Gracias, lo voy a buscar, mientras seguiré la entrevista en Dulces Vero.
Se giró y se levantó.
-Que tengas buenos días y mucha suerte-, le alcancé a decir.
Me di cuenta de todo el tiempo que perdí teniendo esos miedos y, para colmo, no le dije lo de la credencial de elector o que podía ponerme de referencia. Me la pasé media mañana lamentando que pude ayudarle más. Sé que vive por mi casa, tal vez me la vuelva a encontrar en algún lugar, quién sabe.
Nunca seré más que un extraño de buena voluntad. No pasaré de ser el niño que le dio dinero a otra niña cuando a ella se le cayó su lonche en la primaria;  del muchacho que intentó alcanzar a un ladrón que robó a una señora; del muchacho que separó a dos señores que se trenzaban a golpes mientras la hija de uno de ellos lloraba desesperada en medio de la avenida; del joven que defendió al seminarista de una agresión; del joven que una vez atendió a una persona que se desvaneció en la calle; el buen amigo que me consiguió un abogado; el conocido que me ayudó a estudiar para lograr ser Magistrado electoral; el tipo de buena voluntad que siempre tiende su mano y que, sin embargo, le cuesta mucho pedir ayuda, le cuesta pedir ser escuchado, le cuesta pedir atención sentimental.
En fin, desde que leí la vida de Juan XXIII, el Papa bueno, me quedé con su encíclica “Pacem in terris” dedicada a los hombres de buena voluntad.
 
 
Quino



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martes, 6 de septiembre de 2011

El seis de septiembre fue…

Pediré un deseo (sé que no se cumplirá). Me gusta estar enamorado pero; ojalá la luna pueda salir sin ti.


Quino


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domingo, 4 de septiembre de 2011

Para responder qué sucede; mirar hacia atrás

Desde pequeño, o mejor dicho; desde que tengo memoria, veía cosas que otros más parecían ignorar. Había ciertos casos que percibía y me cuestionaba. Recuerdo estar en la Plaza de la Bandera –donde mi papá solía citar a mi mamá a comer–. Yo jugaba entre los árboles que tienen forma de animales, corría entre ellos y saltaba de las jardineras y abrazaba a mamá mientras ella esperaba. Al llegar mi padre, comíamos unas tortas que mi mamá había preparado en la casa.
Me parece que aquella vez fuimos a los saldos de la zapatería CANADÁ (también era el punto de reunión cuando asistíamos a ver la Lucha Libre). Al retirarnos, me di cuenta de una niña vestida en harapos, piel blanca, de cabello castaño, mirada bonita y su cara sucia. Sostenía una caja con dulces que tenía a la venta. Los vendía cada vez que el semáforo detenía el tránsito de Revolución. Habría tenido más o menos mi edad; lo infiero por la estatura y, recuerdo muy bien, aquellos ojos grandotes y redondos que no he olvidado. Nos miramos. No le pude sonreír ni ella a mí. Sólo nos vimos como midiendo las diferencias entre nosotros.
Vivíamos en la misma ciudad, teníamos la misma edad, ella era niña y yo niño. Aún así éramos abismalmente diferentes. La mayoría de mi ropa mi mamá la confeccionaba con sus propias manos, alguna otra la compraba de segunda, en navidad la compraba a crédito en La Surtidora. Mis juguetes los compraba en el Baratillo. Ignoro sí esa niña tenía siquiera alimento caliente. Ignoro sí tenía sonrisas. A penas unos segundos nos vimos y casi podría pararme en el mismo lugar donde la vi aquella tarde, hasta podría reconocerla. Muchas veces pienso en ella. Pero esos rostros no eran los únicos que veía a menudo cuando salíamos a pasear al centro de Guadalajara. Supongo que me impactó ver en esa situación a una persona que podría ser yo. De esa exclusión social no soy ajeno. Nunca lo he sido. Es un golpe tremendo cuando los veo.
Siempre me acuerdo de una escena en las noticias de ECO, recuerdo que la nota era de una mujer que estaba en una cabina de teléfono y fue baleada por alguien. Recuerdo también, una mañana de sábado en misa de la doctrina, el padre nos contaba sobre la guerra, no sé cual guerra. Regresé a mi casa y, mirando al cielo, temía que cayera una bomba de esas que decían en las noticias. Me acuerdo que llegué, subí al cuarto de mis padres, me dirigí al balcón, donde está la máquina de coser que mi madre usaba para elaborar nuestra ropa, y me quedé debajo de la máquina. Estaba asustado, muy asustado.
Otro episodio en mi vida fue cuando se pelaron unos borrachos frente a mí casa. Tendría unos diez años. Aun lado de la casa se expende cerveza. El marido de la hija de mi vecina se peleó con quien estaba emborrachándose. La hija de mi vecina salió a defender a su marido, pero llevaba consigo a su pequeña. Estaba mirándolos desde el balcón y me sorprendí cuando mi hermana, un año mayor que yo, salió de la casa y, quién sabe  cómo, le arrebató a la pequeña y se metió corriendo a mi casa. Entonces me asusté y corrí hacia ellas. Lejos de ver una hermana valiente ella estaba llorando. Alcanzamos a cerrar la puerta cuando otro borracho se acercó y golpeó la puerta con un machete y dio un grito. Nos refugiamos en la cama de mis padres. No lloré pero estaba muy furioso, sentía mucho coraje.
Nunca fui valiente, ni siquiera tenía muchas fuerzas, al menos eso creía. Al entrar a la secundaria me enfrenté con nuevos compañeros que me hicieron la vida escolar insoportable. Casi todo el año escolar era víctima de insultos, burlas y golpes. Un día, un compañero se burlaba de mí señalándome con su dedo. Los dos estábamos sentados, lo ignoré un momento hasta que me hartó y tomé su mano, estiré todo su brazo, mientras seguía sentado y levanté mi pie hasta darle una patada en su costado. Todo mundo volteó a verme y hasta el mismo silencio calló. Recuerdo que se quejó mucho de mi golpe, incluso llegué a sentirme mal por un momento. Fue como una semana que infundí respeto, pero la violencia trajo más violencia. Había un equilibrio de fuerzas entre los más fuertes del salón y yo. De cierto modo era un entretenimiento, nos perseguimos en el recreo y nos propinábamos golpes, lo llegué a ver como deporte, aunque ellos cargaban su persecución con insultos. Yo sólo me defendía y llegué a defender a otras personas.
Ahora ¿qué sucede? La violencia hace presa a todos en este lugar. No son las naves que dejan caer mortales bombas en países del este europeo o en la guerra del Golfo Pérsico, no es en Sarajevo ni es Gaza. Aquella violencia que veía con la exclusión social, que veía en las riñas de borrachos, que sentía en las ofensas de mis compañeros de la secundaria está magnificada en la ciudad donde vivo. No es “allá, muy lejos”, es “aquí, muy cerca”.
La vida es sagrada. Cualquier vida. Nunca me ha sido ajena la violencia. Nunca me sentí indiferente ante las heridas, el asedio o los insultos. Daría mi vida por un mundo mejor; con paz, con inclusión social. Calderón dice que el narco hace uso de actos terroristas, Porfirio Muñoz Ledo dice que no es terrorismo porque no está presente una ideología y una intensión de transformar las instituciones del Estado. Creo que se equivoca Muñoz Ledo. Son actos de terrorismo porque las acciones del narco se fundamentan como un medio de propaganda. Su propaganda está fundada por una ideología; la del dinero fácil, a su vez, motivada por una base social que ha visto en el narco un modo de vida. Claro que pretende modificar las instituciones del Estado para procurar la existencia del narco.
Exclusión social, económica y política de millones de personas, como aquella pequeña niña harapienta de mirada bonita, de ojos grandotes y redondos. La puerta falsa de salir de la realidad llevando al extremo los placeres como aquellos borrachos que se peleaban frente a mi casa. El anhelo de la dominación como mis compañeros de la secundaria que trataban de dañarme. Todo eso fue la tragedia anunciada de mi país. El caldo de cultivo perfecto para una cultura de la violencia generalizada.
El Estado (¿qué Estado?). El Estado ausente, aquí no opera el Estado. Aquella organización política que debía proteger los derechos de sus ciudadanos fue el primero en abandonar la plaza y abonarla para la violencia. Hizo de los excluidos el capital social de la violencia. El Estado no está allí para retraerse, el Estado tiene una función social cuya actividad no es exclusiva de la seguridad pública. El Estado no debe ser limitado en cuanto sus funciones sociales de protección de la vida, sino debe abarcar la acción inmediata de sostener la vida, una vida digna de ser vivida.
La paz no se garantiza por medio de las armas, ni por la sangre de las vidas culpables o inocentes. Amor, hace falta amor a la vida, a cualquier vida.
Quino


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sábado, 27 de agosto de 2011

Lo sé. No he podido curarme de ti


¡Porque si tus palabras son a veces poemas.
Tu silencio, sin más, es poesía!
Jaime Torres Bodet

Qué más da si tus palabras de amor vibran en el aire, para el mundo entero, y sólo para una persona. No importa. Me refresca la brisa de tus bellas palabras en la estéril tierra de amor, de fértil violencia. No tengo más arma que el amor que des-arma.

Amor

Para escapar de ti
no bastan ya peldaños,
túneles, aviones,
teléfonos o barcos.
Todo lo que se va
con el hombre que escapa:
el silencio, la voz,
los trenes y los años,
no sirve para huir
de este recinto exacto
-sin horas ni reloj,
sin ventanas ni cuadros-
que a todas partes va
conmigo, cuando viajo.

Para escapar de ti
necesito un cansancio
nacido de ti misma:
una duda, un rencor,
la vergüenza de un llanto;
el miedo que me dio
-por ejemplo- poner
sobre tu frágil nombre
la forma impropia y dura
y brusca de mis labios...

Jaime Torres Bodet (México DF, 1902-1974; Secretario de Educación Pública y Director General de la Unesco; ¿por qué ya no tenemos políticos que sean poetas? ¿Por qué ya no tenemos políticos que sean Políticos?)

(Sinceramente; no quiero escapar de ti)

Quino



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domingo, 14 de agosto de 2011

Sobre la subjetividad de la libertad

Estos últimos días tuve al menos tres interesantes conversaciones sobre la vida de Juana de Asbaje, sobre las relaciones de pareja y sobre el aborto. Todas ellas tenían algo en común, al menos así lo veo. Es sin duda el dilema del ejercicio de la libertad ¿Será verdad que se puede hablar de una decisión hecha de forma autónoma? o ¿qué tanto intervienen factores externos a la persona que decide?
Pero con independencia de dicho dilema un factor importante es la sensación de que una decisión se toma por voluntad propia. Esto indica que no se puede establecer, al menos objetivamente o sustancialmente (como se quiera ver), un parámetro para evaluar que una decisión de hacer, no hacer, o abstenerse de elegir algo sea tomada con libertad. Esa evaluación, repito; evaluación, queda prendida del sujeto y la definición ideal de las sustancias. Kant me parece un buen referente para sostener lo dicho. En la Crítica de la razón pura, el filósofo de Koenigsberg, afirma:
Nuestro idealismo trascendental, al contrario, determina que los objetos de intuición existen realmente, exactamente como ellos son intuicionados en el espacio, y todos los cambios en el tiempo, como el sentido interno que los representan.
Continúa el filósofo:
Por consecuencia, como el espacio es ya una forma de intuición que nosotros llamamos exterior, y sin objeto en el espacio no habría punto de representación empírica, podemos y debemos admitirlos como verdaderos seres en la extensión y al mismo tiempo.
Así lo creo yo, los objetos no existe por sí mismo en tanto no son definidos por un sujeto que los intuye como verdaderos objetos que existen. Es más que lógico que esta es una actividad exclusiva de los seres raciocinantes. Retomando el hecho de la libertad, o la formulación de una decisión libre, ella está en función de la sensación de que se toma voluntariamente.
Yo afirmo que: Juana de Asbaje no eligió convertirse en Sor Juana porque sus posibilidades de elegir otra cosa estaban limitadas. Dos personas que se aman mantienen su estabilidad por la disposición de enamorarse mutuamente. La mujer es la que tiene la decisión última de mantener o interrumpir su embarazo debido a que las consecuencias primarias las tiene ella.
En verdad creo que Sor Juana se emancipaba de su título religioso mediante sus poemas porque decidía no seguir los cánones delimitados en su categoría de Sor. Las personas que deciden enamorarse no evalúan sus posibilidades de mantener la relación si no la confianza de que habrá amor recíproco. La mujer decide exclusivamente sobre maternidad  porque, de estar ajena a dicha decisión, se convertiría en un medio para fines que le son extraños. Allí está el eje transversal de todos estos casos presentados. Que los sujetos que deciden no se consideren medios para fines que le son extraños a su voluntad. De nuevo emerge Kant.
Ahora en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant define que “la voluntad es pensada como una facultad de determinarse uno así mismo a obrar conforma a la representación de ciertas leyes”. Para evaluar dicha voluntad y ver qué tan libre es, resulta necesario que el sujeto establezca los fines que bien le convengan o que bien “crea” que le conviene. Prosigue Kant que “el fundamente subjetivo del deseo es el resorte; el fundamento objetivo de querer es el motivo”. En este sentido nuestras subjetividades definen a la objetividad. Al diferenciar entre fines y medios Kant concibe el segundo imperativo el cuál es;
el hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad… debe ser considerado siempre al mismo tiempo como un fin
No queda más que la sensación de ser libre y de la creencia de tomar las decisiones libremente. Esto no es cierto del todo, porque aun no he definido las circunstancias de la decisión.
Una vez establecida el principio que legitima una decisión libre, es decir la sensación de libertad y de cómo ella define los medios objetivamente, se debe indicar que no toda decisión es creíblemente hecha con libertad. Los factores materiales inciden de una forma importante. Aunque parezca un dilema complicado, creo que en verdad no lo es. De hecho se ha definido sin darnos cuenta. El desarrollo de la razón humana no es certeza inequívoca. Ella tiene que ver con la circunstancia en que se desarrolla el ser pensante. Por eso no es tonto, o como algunos dicen populista, que una actividad primordial del Estado sea asistencial.
John Rawls, influido por Kant, establece la importancia de las condiciones materiales porque son las que determinan el desarrollo de una persona, las condiciones objetivas nos pueden impedir tomar nuestra voluntad. Aquí existe otro problema de evaluación subjetiva, porque tampoco se puede establecer un parámetro del resultado o la expresión de la libertad. Ya lo afirmaba Isaiah Berlin que la libertad de un granjero inglés no es la misma que un hombre en la selva africana.
Entonces, la definición de los fines le pertenece a los sujetos y utilizar a una persona como un medio es una contradicción que implica considerar a la persona no como una persona.  Por eso a exhorto expreso de no obligar a mi pareja a tener relaciones sexuales, pues espero que la primera vez suceda por libre voluntad, a puesto que así será más satisfactorio porque no estará en contra de lo que pienso. Aunque siempre mis fines sean establecidos por mi subjetividad que tanto quiero y respeto.
Quino

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miércoles, 3 de agosto de 2011

Una vez más que no es igual

Andábamos sin buscarnos pero
sabiendo que andábamos para encontrarnos
Julio Cortázar

 Y ¿qué ha sucedido?, ¿por qué me sentiré tan distante de mí? Caminado por las calles de la ciudad, observo las expresiones de quienes se tienen cariño, ensimismados en el arte de transformar lo simple y rutinario en ofrendas al amor: no imaginan la turbulencia dentro de mí. Y vuelvo la mirada. Dentro de la multitud, mis solitarios pasos, retumba en un corazón anhelando atención. Los demás, van caminando en sendas distintas pero a pasos sincrónicos como sus latidos.
¿Dónde está el arrogante que decía no necesitar atención? Aquél que un día le dijo a su mejor amigo; “tú siempre quisiste esa vida de diversión nocturna”, como afirmando; “yo he superado la necesidad de las pasiones y tu eres un ser inferior por ser esclavo de las pasiones”. La verdad es que tengo que tragarme mis palabras. Yo también había querido compartir mi vida y mi alegría con una persona.
Así sucede cuando te fijas en una excelente persona y ella cambia, totalmente, la perspectiva de vida. Una revolución sentimental, una lucha entre la razón y el sentimiento. Siempre fue una guerra fría, la potencialidad de la acción y la responsabilidad de la sensatez. Una vez más “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

Director: Carlos Agullo Coloma / 2010 / España


Quino

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martes, 26 de julio de 2011

Es como el agua

Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes
–que son estrellas caídas y envejecidas en el polvo de la tierra–
y lo anduve sonando como una sonaja mientras reía
Jaime Sabines

Gracias al amor la tierra es el planeta azul. Así es el amor. Podrán acusarme de todo en esta vida pero, jamás, me acusaran de que no he amado. Eh derramado mi amor a lo largo de mi vida, ella es como un rocío de agua que refresca la vida de los demás, no importa si mi amor riega una tierra aunque labrada sea estéril. No importa, de verdad. Y no importa porque mi amor, que es como el agua, siempre podrá alimentar esa tierra pero sobre todo sé, que a pesar de la inclemencia del clima, el sol elevará al cielo mi amor, que es como el agua. El cielo es azul por toda esa agua, todo ese amor, que está en ella. El cielo azul comparte su humedad de amor con un beso hacía la tierra.

A mi amor, que es como el agua, se evapora pero, se condensa, y aunque podrá caer en esa misma tierra estéril ella siempre deja su huella en aquella tierra y seguirá enriqueciéndola inevitablemente. No existe amor más puro que no pueda condensarse. Sí. Mi amor, que es como el agua, caerá siempre en otras tierras más puras y más bondadosas, pero vale mucho caer en tierras estériles. De la misma forma que siempre es mejor defender a un culpable que un inocente (el inocente se defiende per se). La bondad de una lluvia de amor es que ella puede caer en dichas tierras. En gotas poderosas que alimentaran la tierra por igual.

Bastante ha tenido la tierra con el agua, con el amor, que ella ha podido dar la vida en su faz. En efecto, la vida le debe la vida al agua porque mi amor, que es como el agua, tiene la capacidad de originar la vida misma. Decir amor es decir vida. Esa vida que se cultiva hasta en la tierra más estéril.

Y el amor alimenta la vida de la misma forma que el agua lo hace. De amor está hecha la vida y ella siempre encuentra el amor sin que ambos se preocupen por buscarse, es, tal vez, su destino. Tan poderoso es el amor, hasta en la tierra más estéril, que el hijo de Dios nació de ella.
Hormiga llevando una gota de agua: Anónimo

Quino

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viernes, 15 de julio de 2011

Esperando

Ayer leí de alguien que esperaba algo desde hace años y, por fin, solo faltaban días para terminar la espera. No sé por qué Recordé algo que escribí en el 2009, un 1 de enero. Dicho año lo recibí con una acumulación de preocupaciones sobre mi vida profesional. He aquí el texto integro tal cual:
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Guadalajara Jalisco, Estados Unidos Mexicanos
Me encaminé a mejorar el desempeño de mis encargos, esperando aprender para perfeccionar y refinar mis funciones tanto en el plano teórico como práctico, pero nada de eso sirve al momento de seleccionar el personal de la Institución que defendí ante los señalamientos de fraude. Maldita sea, soy el incorruptible en un mundo de corruptos y corruptores. El tráfico de influencias es más pesado de lo que mi ingenuo intelecto puede alcanzar a mirar. La mera verdad es que deseaba esos puestos y empeora porque también lo necesitaba. Siento una profunda decepción, no hay espacio ni futuro para mí, sólo puedo esperar que mi fuerza sea mayor al nadar contra corriente, aunque la fuerza no se compara con la ley del más gandaya.
Tendré que ofrecer mi alma a las fuerzas oscuras. Ofrecer mis conocimientos y mi lealtad a un sistema que me provoca repugnancia.
Aun así, mantendré la pobre esperanza de borrar este archivo letra por letra. No dejaré de luchar hasta consumar mis sueños y mi libertad.
Quino / Jueves, 1 de enero 2009
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En efecto. Recuerdo que competí para acceder a un cargo en una institución del Estado, pero no logré que me tomaran en cuenta. Lo peor es que reconstruí la forma en que fue contratado el personal tras conversaciones. Me lo dijeron de forma indirecta quienes conocía; las mimas personas que entregaron su currículum junto a mí y me revelaron sus contactos dentro de la institución.
Quise poner a prueba mi ética y la de los funcionarios de aquella institución. Mi currículum está completo (no perfecto pero completo). Más tarde me enteré que la lista de contratados estaba ya hecha desde antes que entregara mi currículum. Gran decepción y sentía mucha repulsión por ellos –incluso por un amigo mío quien se prestó a esas relaciones de poder del más gandaya–.
Aún cuando los veo, no puedo dejar de pensar en la forma patrimonialista que utilizan los recursos del Estado y sentir la misma repulsión de aquél primer día del año. Ahora, no entiendo el por qué me empeño en ver sólo mis problemas sentimentales. Recuerdo mi ataque sistemático de bombardeos mediáticos hacia la institución y, en aquella ocasión, un amigo me dijo; “mejor preocúpate del corazón”.
Sinceramente no soy de los que se enamora tan fácil, aunque parezca lo contrario. Ahora sí lamento mucho sentir lo que siento, y me esfuerzo para que no me afecte. Todo indica que no borraré ninguna de esas palabras, a pesar de que siga esperando.
Quino


domingo, 10 de julio de 2011

Amanecer

Las flores se mecían en una caricia del viento y se notaban como las olas de oscuridad las azotaban, dejando el rocío del amanecer que se asomaba. Se inunda de luz la oscuridad con tumbos de amanecer. La maleza, las plantas, las hojas de los árboles -como recordando su color- se avivan en su pigmento mientras, somnolientas, se enderezan tras las caricias de las olas negras de oscuridad que abandona los campos.
La oscuridad comienza su retirada, ella se aferra de la sombras. No logra desprenderse de ellas pero se encoge y se cultiva en el suelo. Se revela un paisaje de pulcra serenidad. Un río asoma su movimiento, fluye hacia donde no sabe, pero fluye acompañando los pececillos y vacilante refleja el paisaje en su espejo de plata. El primer Sol se impone regando sus rayos que penetran la profundidad de un bosque denso, donde avivan los sonidos de los petirrojos, donde cruje la hojarasca tras los pasos de las creaturas. Una pequeña gota se desliza hasta la punta de la hoja de un roble y la gota cae con el suave viento que la envuelve. Alimenta la tierra negra de un entramado de raíces que soportan monumentos de seres vivos.
Pero la oscuridad emerger cuando el ocaso inclina sus rayos de luz como bracitos levantando una negra cortina. Pero hoy, la oscuridad se torna azulada por una Luna señorial que viste de brillo encomendada por el Sol. La engreída oscuridad se esconde entre las sombras nocturnas a sabiendas que debe su existencia por la ausencia del amanecer.  

Patrick Kennedy (USA, 2009): Amanecer de otoño en un bosque de roble en el noroeste de Indiana 
Quino

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miércoles, 22 de junio de 2011

Los Buendía

 
Una lucha a muerte entre un amor sin medidas
y una cobardía invencible

Nunca había leído alguna obra completa de Gabriel García Márquez. Aún no término el que será mi primer libro de su autoría: Cien años de soledad. Aunque me parece apresurado escribir sobre dicho texto, lo cierto es que tengo la necesidad de hacerlo antes de concluir su lectura.

Es muy poca literatura la que he leído. A penas y conozco los autores. Si no fuera por mi profesor de Literatura de la preparatoria 2, no tendría ni un solo autor que me gustara como Francisco Rojas González, José Emilio Pacheco, Mariano Azuela o Juan Rulfo y algunos otros como Antoine de Saint-Exupéry, Máximo Gorki, Oscar Wilde, Víctor Hugo, George Orwell.

El primer libro que leí fue El principito. En el año de 1993 cuando tenía ocho años, mi padre lo compró para mí en la librería Gonvill que está en la Plaza Revolución. Me maravilló la idea de viajar por el universo visitando planetas, conociendo personajes variados. Mi padre tenía muchos libros y revistas que ya había hojeado y, en su juventud, coleccionaba un cuaderno con calcomanías de naves y misiones estelares.

No había dinero para obtener más ejemplares, pero recuerdo el día en que mi padre compró, en abonos, una enciclopedia de cuatro tomos de National Geographic que vendían en la Unidad Administrativa Prisciliano Sánchez. Los libros  incluían experimentos caseros de física y una historia de viaje por el sistema solar mismos que leí y releería por mucho tiempo durante  mi infancia y adolescencia. También recuerdo el día en que mi padre (nunca supe y no le he preguntado cómo los obtuvo), trajo una enciclopedia del espacio exterior, que hace un recuento desde los primeros satélites soviéticos (mi primera bicicleta, que tuve en el 2004, le nombre como el primer satélite soviético; Sputnik) hasta la más moderna estación espacial.

Mi padre compró en el baratillo un libro titulado Los grandes acontecimientos del siglo XX. Tal vez fue el primer libro sobre el que derrame lágrimas. Es un voluminoso libro que da cuenta de los acontecimientos que marcaron e influyeron el rumbo del siglo pasado hasta 1980. Ese libro me trasmitió el miedo a la guerra. Marx afirma que el conflicto es el motor de la historia. En efecto, el conflicto bélico es el común denominador del siglo XX, también es el conflicto el motor de la modernidad. La economía de guerra ha impulsado la carrera espacial. La misma carrera que me maravillaba con El Principito o con los viajes estelares imaginarios. No sabía que estaba sustentada en la violencia.

De forma similar García Márquez desarrolla la historia de los Buendía en Macondo. No tengo idea sí aquél hombre de literatura se vio influido por Marx, o el antecesor de Marx Juan Jacobo Rousseau. Yo creo que más bien por este último. Rousseau, en el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, expone que el hombre es un buen salvaje, y que vive en franca armonía con lo que recibe de la naturaleza y con las relaciones entre sus pares. Sin embargo, para Rousseau, el desarrollo de la propiedad privada y de los instrumentos modernos pervierten al hombre. Así, como afirmó Tomas Hobbes, el hombre se convierte en lobo de sí mismo (Lupus est homo homini).

El origen del mal está en los buenos propósitos. Melquíades al liberar a Macondo de la ignorancia trajo consigo el inicio de la perversión. Tal vez la peste del insomnio era un remedio natural que devolvería la paz a Macondo, aunque de hecho la ciudad se fundó por José Arcadio a propósito de darle muerte a Prudencio Aguilar. Regresó Melquíades a restaurar los sueños y la memoria de los habitantes de Macondo frustrando el restablecimiento de la paz en Macondo que la epidemia del insomnio hubiera devuelto.

En mi lectura parcial de Cien años de soledad me preguntaba cuál era la historia principal o el personaje principal. No pude establecer un personaje central ni una historia central. El personaje y la historia central es el entramado de todos los personajes con los contextos de esa sucesión de casos. Sin embargo, creo que Melquíades es el impulso de los personajes y la soledad es el eje por el cual gravitan. Es el pacto con la soledad.

A una semana de comprar el libro en la misma librería que mi padre compró, en 1993, el libro de El Principito, estaba en la reflexión de Úrsula sobre sus hijos y descendientes que sentí mis ojos llenarse de lágrimas. Detuve la lectura, en ese momento no tanto porque estaba a punto de abordar el tren ligero en la estación La Aurora, sino por el golpe de realidad que me llegó.

En efecto, yo no fábrico pescaditos de oro o hago tejidos interminables pero de alguna forma tengo un pacto sincero con la soledad. Tal vez estoy bajo un castaño con amarras invisibles. Como diría Sor Juana Inés aunque “estudio para ignorar lo menos” en realidad lo hago para abstraerme del mundo y mantenerme en la paz de la soledad debajo de un castaño. La soledad sería para los Buendía el regreso al estado natural que Rousseau concebía con el buen salvaje. Es por eso que el coronel Aureliano había renunciado a la vida pública no aceptando la pensión militar, para no mantenerse en la apasionada ilusión de la esperanza sino sumergido en la certeza de la soledad de la paz.

¿Habré llorado en el vientre de mi madre, mucho antes que sobre un libro?

Quino


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